El abrigo rojo
Relato sobre autoestima y amor propio
“Un día me detuve frente al espejo
y fui capaz de sostenerme la mirada.
Me descubrí hermosa, viva,
con un brillo que nunca antes
me había permitido admirar.
Ese día entendí que allí,
en el fondo de mis ojos,
amante, tierno y silente,
me esperaba mi amor propio.”
Lilian Rodríguez
Cuando cumplí cincuenta y dos, me di cuenta de que llevaba veinte años guardando el abrigo rojo en el fondo del armario. Era un abrigo hermoso, cálido, de esos que llaman la atención en la calle. Lo compré en un ataque de osadía, pensando que un día me atrevería a usarlo. Pero ese “día” siempre se aplazaba:
— Hoy no, que voy al supermercado y me van a mirar raro.
— Mejor no, que voy al médico y no quiero destacar.
— Quizá mañana, si el día acompaña, tal vez me sienta valiente.
Mientras tanto, me ponía el gris, que era más práctico pero sobre todo más discreto y me hacía invisible.
Una tarde, mientras doblaba la ropa, mi marido —Roberto, el mismo que se quejaba si el arroz no sabía como “el de su madre”, si el café no estaba a la temperatura exacta, si el cojín no quedaba en su lugar en el sofá, si la toalla se colgaba torcida o si la luz del pasillo quedaba encendida “de más”— apareció en el salón con esa cara que sólo ponía cuando no encontraba el mando de la tele.
— Me voy.
Eso dijo. Dos palabras, tan simples como un bostezo, pero con el peso de algo que tiene el poder de poner tu vida patas arriba en un suspiro.
—Me voy…
— Necesito encontrarme a mi mismo —añadió, como si fuera un explorador en el Amazonas.
Me quedé mirando su maleta, pequeña por cierto… y tan solo arqueé una ceja sin atreverme a preguntarle si ahí le entraba el repelente de mosquitos.
Esa noche no dormí, pero tampoco lloré ni me regodeé en una lista interminable de reproches. Tan solo me quedé sentada en el sofá, abrazada a mi gato, escuchando el silencio.
Y ese silencio se sentía diferente, extraño. De usual, mis silencios estaban llenos de cosas pendientes de hacer y siempre pensando en Roberto. Todo por y para él… pero ahora él ya no estaba más. ¿Y ahora qué?
Me di cuenta de que ahora debería llenar esos silencios más de mí que de otra cosa y por fin, atreverme a ser yo, a despertar, a llenar mi vida con todo aquello que hasta ahora no había podido hacer, o no había querido hacer…. pero más que nada, necesitaba darle una nueva dirección y sentido.
Al amanecer, me levanté con el cuerpo extraño, como si ya no me perteneciera. Fui al armario, y me quedé mirando mi hermoso abrigo rojo y me dije… sí, hoy es el día; así que lo descolgué y me lo puse. Cuando me miré al espejo. me di cuenta de algo muy importante:
El problema nunca fue el abrigo, fui yo. Yo, que me escondía detrás de la comodidad, las rutinas y… de Roberto. Yo, que esperaba la aprobación antes de dar un paso. Yo, que siempre esperaba un permiso para ser feliz.
Lo cierto es que al abrir la puerta de mi casa, me costó traspasar el umbral. Se me antojaba como un muro invisible que me provocaba asfixia, como si al otro lado estuviera un enemigo invisible que me fuera a dañar…
Pero me armé de valor y lo di. Salí a la calle y noté que la gente me miraba. Claro que me miraba. Un abrigo rojo no pasa desapercibido. Era como llevar una diana puesta.
Fui a la cafetería de la esquina y pedí el desayuno completo. Me senté junto a la ventana y le sonreí a la camarera, que me devolvió la sonrisa como si hubiera estado esperando verme toda la vida.
Después, me fui a la librería. Compré ese libro de poesía que siempre me daba miedo abrir y luego caminé por el parque, despacio, sin prisas y sin un rumbo fijo..
Esa noche, después de volver a casa con el abrigo rojo todavía puesto, me senté en el borde de la cama. Tenía el pecho lleno de la emoción por todo lo vivido en el día, pero… por un momento, el silencio de la casa, de mi habitación… me pareció aterrador. Sentí el peso de la soledad y de pronto, me descubrí pensando en Roberto, en sus manías, en su forma de cerrar las puertas con fuerza, en su voz diciendo que el café estaba frío, pero también en la forma de llenar los espacios. Con él en casa nada se sentía vacío.
Sentí que mi mente tomaba el control y todas las alarmas del mundo se dispararon en segundos, tan rojas como lo era mi adorado abrigo.
¿Y si había cometido un error? ¿Y si realmente me quedaba sola para siempre? ¿Y si el abrigo no era más que un disfraz absurdo?
Me encontré acariciando el lado vacío de la cama buscando un calor que ya no estaba. La verdad es que me sentí ridícula, disfrazada con un abrigo que me resultaba ajeno. Me dieron ganas de quitarmelo y enterrarlo en el armario para siempre pero entonces me miré en el espejo y vi mis ojos, rojos, brillantes, vivos y mis mejillas alborotadas… y de pronto recordé que antes de él yo también existía.
Al despertar en la mañana, y repasar mi dia anterior, me di cuenta de que la que realmente había estado perdida era yo y que yo era la que necesitaba reencontrarse consigo misma.
Mientras preparaba el café, me percaté de que algo había cambiado, a pesar de que seguía siendo el mismo café, el mismo aroma y el mismo sabor…la forma en la que lo tomaba ya no era la misma: sin prisa, sin miedo a que Roberto apareciera diciendo que estaba demasiado fuerte o demasiado frío.
Me senté en la mesa de la cocina, con el abrigo rojo todavía colgado en la silla, y sentí que aquel abrigo ya no era solo una prenda, era mi declaración de independencia en toda regla.
Pensé en todas las veces que pospuse cosas: aquel taller de cerámica, las clases de canto, los viajes con mis amigas, incluso las tardes sola en el cine viendo una película absurda y comiendo palomitas sin sentirme culpable.
Ese día decidí apuntarme a un curso de fotografía. No porque quisiera convertirme en artista, sino porque quería verme a mí misma desde otros ángulos. Empezar a descubrir a esa mujer que había escondido durante años detrás de las listas de la compra y de los silencios que me volvían invisible.
No todo fue fácil. Hubo muchas noches en las que me metía en la cama y, sin querer, estiraba la mano al lado vacío…de nuevo. Algunas veces todavía me dolía el hueco de su ausencia, como un diente que acabas de extraer y al que sigues buscando con la lengua.
Pero, cada mañana, cuando abría el armario y veía el abrigo rojo, me recordaba que podía elegir. Que podía inventar un nuevo menú para mi vida, uno donde los ingredientes principales fueran la ternura conmigo misma, la curiosidad y la valentía.
Un domingo, mientras paseaba por el parque, un hombre se me acercó para decirme que el abrigo era precioso. Antes me habría disculpado, habría bajado la mirada, quizá hasta habría dicho: «Sí, pero es muy llamativo, ¿verdad?».
Ese día, simplemente sonreí y respondí:
— Gracias. Me encanta.
Cuando volví a casa, me di cuenta de que no necesitaba que nadie me confirmara que estaba bien o que merecía amor, yo ya lo sabía. Y comprendí, por fin, que la verdadera libertad no estaba en irse ni en quedarse. Estaba en atreverse a ser una misma.
Lilian Rodríguez.
Reflexión:
A menudo creemos que el sentido de la vida se encuentra fuera de nosotros: en una pareja, en el trabajo, en los logros, en las miradas de aprobación que buscamos sin darnos cuenta. Nos pasamos años esperando el día perfecto para usar nuestro «abrigo rojo», esa versión de nosotros mismos que brilla, que llama la atención, que nos expone. Y mientras tanto, nos refugiamos en lo gris, en lo cómodo, en lo que no incomoda a nadie.
Pero la vida no espera. La vida sucede mientras dudamos, mientras nos escondemos, mientras pedimos permiso para ser.
El sentido de la vida no es un lugar al que se llega ni un premio que se gana. Es la capacidad de elegirnos, de escucharnos, de atrevernos a caminar con el corazón expuesto aunque tiemble. Es decidir cada mañana que, pese a los miedos, inseguridades y viejas heridas, somos dignos de ocupar nuestro lugar en el mundo y somos capaces de tener un propósito de vida propio.
Confiar en uno mismo no significa no temer nunca, sino aprender a caminar con el miedo de la mano. Significa mirarse al espejo y reconocer la fuerza en los propios ojos, aunque haya lágrimas. Significa decir «me basta conmigo», no porque ya no necesitemos a nadie, sino porque sabemos que nadie puede completarnos si no estamos enteros por dentro.
El amor propio no es un eslogan bonito, es un acto radical. Es el momento en que dejamos de esperar validaciones ajenas y empezamos a vivir desde nuestra propia verdad y entendemos que merecemos todo el rojo del abrigo, toda la risa y todo el café caliente sin disculpas.
El verdadero sentido de la vida, la confianza y el amor propio se resumen en un gesto silencioso: atreverse a ser, sin pedir permiso.

