«Este relato está inspirado en
una vivencia real que me llevó
a reflexionar sobre lo visible y
lo invisible en nuestra realidad»
Lilian Rodríguez
Nina estaba emocionada. Por fin había encontrado un par de libros que buscaba para completar su material de consulta y referencia, fundamentales para un proyecto en el que llevaba tiempo trabajando. Sin pensarlo dos veces, los añadió al carrito de Amazon y finalizó la compra. Era el 20 de agosto de 2015, una fecha que anotó meticulosamente en su agenda para llevar un registro. Al día siguiente los tendría en casa.
Después de eso, decidió salir a hacer algunas compras para darle «un aire nuevo» a su salón. Estaba completamente cansada de ese tono rojo agranatado que había elegido años atrás y deseaba algo más luminoso. Dispuesta a dejarse las uñas lijando las paredes para eliminar todo rastro de color y devolverles el blanco original, se sentía inspirada y llena de energía. Con paso decidido, se dirigió a la tienda de pinturas cercana a su casa en busca de materiales y algunos consejos. ¡Feng Shui a tope power!
Después de comprar todo lo necesario, Nina volvió a casa decidida a empezar cuanto antes. Aquel mismo día, por la tarde, se afanó en preparar el salón para la transformación. Vació cada mueble con paciencia, almacenó libros y objetos en cajas y las reubicó cuidadosamente en su habitación. Luego desarmó el mueble principal, apilando los módulos en el centro del salón junto con el sofá de tres plazas, todo cubierto con sábanas para protegerlo del polvo.
En un rincón, dejó a un lado su pequeño escritorio, parte de su «despacho» improvisado, donde trabajaba unas horas al día con el ordenador. También mantuvo accesible un sofá monoplaza de descanso, de esos que permiten estirar los pies, cubriéndolos ambos de forma que pudiera destaparlos y usarlos sin problema. Su idea era clara: no iba a interrumpir su rutina de trabajo, así que alternaría las horas frente al PC con la intensa faena de lijar paredes y devolver el salón a su estado original.
La jornada terminó con Nina exhausta pero satisfecha por el progreso. Durante unos momentos, contempló el fruto de su esfuerzo en vista panorámica desde una esquina de la estancia con mirada de aprobación. Aún quedaban cosas por organizar y basura por sacar, pero decidió que eso podía esperar al día siguiente.
La mañana siguiente amaneció tranquila, con un aire fresco que se filtraba por las ventanas del séptimo piso. Desde allí, Nina podía disfrutar de la ciudad aún medio dormida. Era demasiado temprano para encender herramientas o hacer ruido, y siendo consciente de los vecinos quisquillosos que vivían a su alrededor, optó por aprovechar esas primeras horas trabajando en el ordenador. Mientras tanto, el salón esperaba en calma, listo para que Nina retomara su tarea con energía renovada.
A media mañana, el repartidor llamó a la puerta. Nina abrió con entusiasmo y recibió el paquete que contenía los libros que había esperado con tanta ilusión. Y, como la curiosidad siempre iba antes que la obligación en su escala de prioridades, decidió sentarse un rato en el sofá de descanso para echarles una pequeña ojeada y satisfacer su «ansia viva».
A Nina le encantaban los libros; era una ávida lectora, y cada nueva compra se convertía en un pequeño ritual. Le gustaba acariciar las cubiertas, abrir sus páginas, oler ese aroma característico que evocaba sus días de infancia, cuando el material escolar recién estrenado llenaba el ambiente de promesas y posibilidades. Aquella sensación le resultaba reconfortante, un instante de pausa en medio de un día lleno de tareas.
—¡Mamá, puedes venir un momento! —gritó Alex desde su cuarto—. ¡Necesito que me ayudes con esta tarea!
Nina respiró hondo. Lidiar con adolescentes no era precisamente su mejor virtud, pero decidió acomodar los libros en el brazo del sofá y atender las exigencias de su «pequeño». Una vez resuelto el asunto, Alex se fue alegremente a tirar la basura, y Nina respiró aliviada, sabiendo que podría volver a disfrutar de «su momento» con sus nuevos tesoros.
Cuando sus ojos recorrieron el brazo del sofá, el vacío que encontró hizo que su corazón se detuviera por un instante. Solo había un libro. Un frío incómodo subió por su espalda mientras intentaba convencerse de que debía haberlo colocado en otro lugar. Pero no, el libro simplemente no estaba. Su desconcierto se transformó rápidamente en una inquietud febril. El libro había desaparecido.
Movida por una mezcla de ansiedad y frustración, comenzó a registrar cada rincón del salón. Volteó el sofá con un ímpetu casi furioso, arrancó los cojines y abrió el mecanismo reclinable, revisándolo con un escrutinio digno de una película de detectives. Pero el vacío persistía. Nada. Su respiración se aceleraba, sus manos temblaban, y una risa nerviosa brotó de sus labios. ‘¿Abrirlo en canal? No sería tan descabellado,’ pensó, tratando de calmar el torbellino de emociones que se agitaba en su interior.
No contenta con su revisión, esperó a que Alex regresara y le pidió que revisara también cada rincón, exhaustivamente, incluso desarmando el sofá si era necesario. Y así lo hizo. Pero no, no había rendija, hueco ni lugar posible donde el libro pudiera haberse colado. El libro había desaparecido como por arte de magia.
Finalmente, Nina se resignó, asumiendo que tal vez Alex había tirado el libro por error, mezclado entre los cartones apilados junto al sofá para llevar a la basura. Con un suspiro, guardó el otro libro en el escritorio, cubrió con sábanas el sofá y el escritorio, y se preparó para enfrentarse a la ardua tarea que le esperaba.
El salón, de 7 por 3 metros, era amplio, y lijar las paredes iba a ser todo un desafío. Sabía que iba a llenarse de polvo hasta la raíz del cabello, pero no le importaba. Con determinación, comenzó a trabajar, enfrentándose a las paredes manchadas por años de desgaste y ese color que ya no soportaba. Entre el polvo que se levantaba y la tarea de lucir paredes antes de pintar, sabía que tenía trabajo para varios días. Pero, en el fondo, se sentía satisfecha: cada trazo con la lija la acercaba más al salón luminoso y renovado que imaginaba.
Una visualización
Habían pasado dos meses y Nina seguía buscando su libro. La cantinela del libro perdido tenía a todos agotados, pero ella no podía rendirse. Aunque en un principio decidió resignarse, aquella determinación duró apenas un suspiro. Algo en su interior no la dejaba soltar el tema. Así que, tras haber agotado todos los métodos convencionales, se dijo a sí misma: «Es hora de probar algo diferente. Total, ¿qué puedo perder?»
4 de octubre de 2015, anotó la fecha en su diario. Era un día especial, o al menos así lo quiso marcar. Ya había hecho todo lo que la lógica y la razón mandaban, pero ahora era el momento de aventurarse en algo fuera de lo común. Con ese propósito en mente, se sentó cómodamente, cerró los ojos y comenzó una meditación metafísica. Sus pensamientos se concentraron en el libro perdido, imaginándolo con todo lujo de detalle, como si lo tuviera frente a ella. Nina se aferró a la idea de que, de algún modo, aquella práctica poco convencional le daría una respuesta. Y aunque aún no lo sabía, estaba a punto de vivir algo sorprendente.
Se sentó en silencio, respiró profundo y cerró los ojos. En su mente visualizó el libro perdido con todo lujo de detalles: su portada, el peso en sus manos, el aroma característico del papel recién impreso. En su imaginación, ató el libro con un lazo de luz dorada y, con delicadeza pero firmeza, tiró de esa cuerda dorada como si estuviera trayéndolo de vuelta hacia ella.
Al terminar, sintió una extraña calma. Guardó esa imagen en su corazón y se fue a dormir, sin más expectativas que la satisfacción de haber hecho algo distinto.
Al día siguiente, recibió una llamada inesperada. Era el Corte Inglés. Su hijo, harto de verla buscar el libro por cielo y tierra, había decidido encargárselo de nuevo. Nina agradeció el gesto, aunque una parte de ella sintió que la magia se había roto: «Sí, tendré el libro, pero no será el mismo, y me costará otros 10 euros», pensó. Esa tarde su hijo trajo el libro nuevo a casa, y Nina lo recibió con una sonrisa agradecida, pero el misterio del original seguía latente en su mente.
La aparición del billete
Esa noche, después de que todos se retiraran a dormir, Nina se dispuso a hacer algo tan rutinario como poner una lavadora y retirar la ropa seca de la secadora. La máquina había terminado su ciclo y esperó pacientemente a que el característico «clic» le indicara que la puerta estaba desbloqueada y podía abrirla. Se agachó, la abrió, y el calor del tambor, que aún emanaba como un susurro, le dio de lleno en el rostro.
En ese instante, el aire pareció detenerse. Nina se quedó congelada, como si el tiempo se hubiera suspendido. Sus ojos no podían apartarse de lo que veía: un billete impecable, perfectamente posado sobre el cajetín de las pelusas, como si alguien lo hubiera dejado allí con intención. Su respiración era casi inaudible, y una ola de incredulidad le recorrió el cuerpo. «Esto no tiene sentido», murmuró en voz baja, mientras un extraño cosquilleo en el pecho la envolvía, a medio camino entre el miedo y la fascinación. Era nuevo, como recién salido del banco: sin dobleces, sin arrugas, sin la más mínima señal de haber pasado por el tambor de la secadora. El olor a tinta fresca era inconfundible.
Nina permaneció allí, inmóvil, con el billete en la mano, tratando de encontrar una explicación. Pero no había nadie más despierto. Nadie había manipulado la secadora. Ella misma había esperado a que el ciclo terminara y la puerta se desbloqueara.
«Esto no tiene lógica», pensó. Pero en lugar de cuestionarlo más, dio las gracias. Gracias al universo, al destino, o a lo que fuera que había decidido dejar ese extraño regalo en su secadora.
El regreso del libro
El 20 de octubre, exactamente dos meses después de la compra original, ocurrió lo más sorprendente. Esa mañana, mientras pasaba la fregona por el salón, su mirada se detuvo bajo el mismo sofá monoplaza donde todo había comenzado. Allí, en el suelo, descansaba el libro perdido.
Con las manos temblorosas, Nina se agachó para recoger el libro, como si temiera que pudiera desvanecerse en cualquier momento. Lo sostuvo con un cuidado casi reverencial, recorriendo cada detalle con la mirada. Estaba perfecto. Impecable. Sin una mota de polvo, sin un solo rasguño, como si el universo lo hubiera protegido en una cápsula intocable. Su pecho se llenó de una mezcla de alivio y desconcierto, y por un momento, sintió que estaba sosteniendo algo más que un simple objeto: era un mensaje, una señal, aunque no sabía exactamente de qué. Era como si hubiera viajado en el tiempo, como si el universo lo hubiera mantenido suspendido en un lugar donde nada podía tocarlo.
Nina no pudo evitar preguntarse si el libro había estado siempre allí, pero no en forma física. «Quizá estaba en otra dimensión,» pensó. La idea era absurda y fascinante a la vez. Sin embargo, no podía negar lo que había sucedido. El libro, que ella había visualizado con tanto detalle semanas antes, había regresado a ella como si nunca se hubiera ido.
Un mensaje oculto
Al reflexionar sobre los eventos, las fechas comenzaron a formar un patrón en su mente. El libro se compró el día 20 de agosto. El billete apareció un 14 de octubre. El libro original reapareció el 20 de octubre. Y el relato, que Nina escribió tiempo después, fue publicado un 17 de marzo, cuya suma y resta de cifras también coincidían con esos números: 20 y 14.
Buscando respuestas, Nina introdujo las cifras en Google. Lo que encontró la dejó aún más intrigada. Las coincidencias numéricas la llevaron a unos versículos de la Biblia:
Juan 14:20
«En ese día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros.»
Juan 14:10
«¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí es el que hace las obras.»
Para Nina, este mensaje era claro. No había casualidades, solo causalidades.
Suspiró profundamente, pensando para sí misma: «Gracias, Padre, por estar en mí.»
¿Qué ocurrió realmente?
Nadie podía darle una respuesta. Y quizá nunca la tendría. Pero mientras miraba el libro descansando en el estante, una paz extraña la envolvió. A veces, pensó, lo inexplicable no está diseñado para ser entendido, sino para ser sentido. Y en ese momento, lo único que podía hacer era agradecer: agradecer al universo, al destino o a cualquier fuerza invisible que había decidido recordarle que, incluso en el caos, siempre hay lugar para el misterio.
Actualización: 20 de enero de 2025
Heme aquí, dispuesta a incorporar este relato a una nueva publicación. No es algo planificado, sino fruto de algo fortuito… pero, ¿20? ¿En serio?
El libro fue comprado un 20 de agosto, y si resto las cifras me da 12.
Hoy es 20 de enero de 2025, y si sumo las cifras de la fecha, también me da 12.
La coincidencia me intriga, así que repito la aventura por Google. Esta vez tecleo 20:12. Lo que aparece ante mí me deja reflexionando una vez más:
Éxodo 20:12 (Reina-Valera)
«Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.»
¿Casualidad? ¿Causalidad? Tal vez nunca lo sepa con certeza. Pero una vez más, este patrón de números parece recordarme algo más grande que yo misma. Un mensaje escondido en lo cotidiano.
Reflexión en un sentido moderno
En la actualidad, este versículo sigue siendo relevante, pero puede entenderse de forma más amplia:
Honrar no significa obedecer ciegamente. En algunas circunstancias, honrar a los padres puede significar entender y aceptar sus fallos, mantener una relación respetuosa o cuidar de ellos en su vejez.
También puede interpretarse como una invitación a valorar las raíces, las tradiciones y la familia, sin perder de vista la importancia del amor y el respeto mutuo.
En el contexto del relato, este versículo podría interpretarse como un recordatorio de la importancia de las conexiones familiares, el respeto a los mayores y la fe en algo más grande que lo material. Podría incluso representar que esos «mensajes ocultos» en los números y las coincidencias animan a reflexionar sobre las relaciones o sobre la guía que se ha recibido a lo largo de la vida.
Autor: Lilian Rodríguez.

