Relato Psicológico: Sombras del Pasado |Parálisis de Sueño

Relato Psicológico: Sombras del Pasado |Parálisis de Sueño

Sombras del Pasado

El inicio del terror nocturno

Nina nunca pensó que el sueño podría convertirse en su peor enemigo. A sus 24 años, la rutina de estudiante universitaria y redactora nocturna para una revista digital la había acostumbrado a largas jornadas sin descanso y a una constante lucha contra el insomnio. Vivía sola en un pequeño apartamento en el centro de la ciudad, un lugar tan silencioso que a veces el crujir de la madera la sobresaltaba. Pero las noches recientes habían tomado un giro inquietante.

Todo comenzó una noche cualquiera. Exhausta tras horas frente al ordenador, Nina finalmente se permitió cerrar los ojos mientras revisaba un artículo que apenas podía terminar. La pantalla seguía encendida, pero el sueño la venció. Fue entonces cuando ocurrió algo que nunca había experimentado antes.

De pronto, tomó conciencia de que estaba despierta, pero algo andaba mal. Su cuerpo no respondía. Intentó mover los dedos, pero permanecieron inmóviles. Quiso abrir la boca para llamar a alguien, aunque sabía que no había nadie en su apartamento, pero tampoco pudo hacerlo. El silencio habitual de la noche fue sustituido por un ruido intenso y perturbador, una vibración que se asemejaba al revoloteo de miles de insectos juntos. Era un zumbido que llenaba su cabeza y hacía que su corazón latiera desbocado.

La sensación de opresión en su cabeza aumentó. Era como si algo o alguien intentara entrar dentro de ella, una fuerza invisible que buscaba apoderarse de su cuerpo. Nina sintió el miedo apoderarse de cada pensamiento. Quiso gritar, luchar, hacer algo para detener aquello, pero su cuerpo seguía paralizado. Con cada segundo que pasaba, la presión aumentaba, y el zumbido en su mente era casi insoportable.

Dentro de esa angustia, algo en su interior se resistió con fuerza. Con toda su voluntad, Nina luchó contra esa sensación de invasión. Era como si una parte de ella se negara rotundamente a ceder el control, a permitir que aquello, fuera lo que fuera, ganara. Finalmente, con un esfuerzo monumental, logró abrir los ojos por completo y recuperar el control de su cuerpo.

El zumbido cesó de golpe. La habitación estaba en completo silencio, iluminada solo por la luz ténue de la pantalla del ordenador. Nina jadeaba, empapada en sudor, con el corazón latiendo a mil por hora. Permaneció sentada durante varios minutos, tratando de procesar lo que había sucedido. ¿Había sido un sueño? ¿Una alucinación? El miedo y la confusión la invadieron, pero lo que más la inquietaba era lo real que había parecido.

Ese fue solo el comienzo de una serie de experiencias que cambiarían su vida para siempre. Esa mañana, Nina intentó continuar con su rutina habitual, pero el cansancio y el nerviosismo la acompañaron todo el día. Durante sus clases en la universidad, no podía dejar de recordar la sensación de opresión y el extraño zumbido que había sentido. Incluso al redactar un artículo para la revista, su mente regresaba a esos momentos aterradores. La noche cayó, y aunque trató de distraerse con una película, una sombra de ansiedad se instaló en su pecho. Sabía que eventualmente tendría que enfrentarse de nuevo al sueño.

Sombras en la Oscuridad

La siguiente noche, Nina decidió acostarse temprano, intentando recuperar algo de energía. Se llevó un libro a la cama, esperando que la lectura la relajara. Las primeras páginas la sumieron en un estado de calma, pero el agotamiento pronto la venció y se quedó dormida con el libro entre las manos.

Lo siguiente que recordó fue despertarse de repente. Otra vez estaba atrapada en su propio cuerpo, incapaz de moverse. El zumbido regresó, más intenso que la vez anterior, y llenó su mente como si una plaga invisible revoloteara dentro de su cabeza. Quiso calmarse, pensar que era solo una horrible pesadilla, pero algo nuevo comenzó a suceder.

Nina sintió un tirón en las sábanas. Primero fue sutil, casi imperceptible, pero pronto se volvió más insistente. Las sábanas se deslizaron lentamente hacia abajo, dejando sus piernas al descubierto. Un frío inexplicable recorrió su piel, y la sensación de vulnerabilidad la paralizó más que la incapacidad de moverse.

El tirón se intensificó. Era como si una mano invisible hubiera agarrado sus tobillos y estuviera intentando arrastrarla hacia el borde de la cama. El terror se apoderó de Nina, que luchaba internamente por recuperar el control de su cuerpo. Intentó mover las piernas, patear, pero todo esfuerzo era en vano. Las sombras parecían rodearla, aunque no podía verlas claramente.

El zumbido en su cabeza creció hasta convertirse en un estruendo ensordecedor. En su mente, se repetía una sola frase: “No me dejaré llevar”. Concentrándose con todas sus fuerzas, logró emitir un leve sonido, un gemido que se convirtió en un grito ahogado cuando finalmente despertó.

Las sábanas estaban enredadas al pie de la cama, y su respiración era entrecortada. Nina se incorporó de golpe, sudando y con el corazón desbocado. Encendió todas las luces de su habitación y permaneció despierta el resto de la noche, incapaz de olvidar la sensación de unas manos tirando de sus piernas. Sin embargo, ese día no fue como cualquier otro.

El amanecer trajo consigo una jornada especialmente agotadora. Nina se enfrentó a una avalancha de tareas académicas y laborales, cada una exigiéndole más energía de la que tenía. Para colmo, un apagón inesperado en su edificio la dejó trabajando sin conexión por horas, atrapada en un silencio tan profundo que casi podía oír su propia ansiedad. Todo el día estuvo marcado por pequeños incidentes: una pluma que rodó sola por el escritorio, el crujir de la madera como si alguien caminara a su alrededor y la inexplicable sensación de que alguien la observaba. Aunque intentó atribuirlo al cansancio, una sombra de inquietud no la abandonó en todo el día.

La aparición de los perros negros espectrales

Esa noche, exhausta, se derrumbó en la cama con la esperanza de un sueño reparador. Sin embargo, lo que encontró fue algo muy distinto. Cuando despertó de repente, el ya familiar zumbido llenaba su cabeza, una vibración opresiva que parecía venir desde dentro de su cráneo. Su cuerpo estaba completamente inmóvil. Intentó moverse, pero era como si algo invisible la mantuviera pegada al colchón.

De pronto, notó que las sábanas empezaban a deslizarse por su cuerpo. Primero con suavidad, como si una brisa las moviera, pero luego con una fuerza decidida, dejándola completamente expuesta hasta los pies. El frío le recorrió la piel y el miedo se instaló en su pecho. Quiso gritar, pero el zumbido y la opresión en su garganta se lo impidieron.

Fue entonces cuando los vio. Dos perros negros, enormes, estaban sobre sus piernas. Sus cuerpos eran imponentes, con ojos que brillaban como carbones encendidos en medio de la oscuridad. Los animales inmovilizaban sus piernas con su peso, y el sonido de sus respiraciones era profundo, casi gutural. Uno de ellos comenzó a lamerle el vientre, emitiendo un ruido húmedo que la llenó de asco y repulsión.

El zumbido en su cabeza aumentó hasta ser ensordecedor, como si estuviera al borde de un colapso. La mezcla de terror, asco y una extraña indignación se apoderó de ella. Con toda la fuerza que pudo reunir, gritó mentalmente: “¡Basta ya! ¡Fuera de aquí!”.

En un instante, todo desapareció. Los perros, el zumbido, la presión. La habitación volvió a estar en silencio, iluminada solo por la tenue luz de la farola que se filtraba por la ventana. Nina jadeaba, temblando, mientras trataba de procesar lo ocurrido. Las sábanas estaban de nuevo sobre su cama, como si nunca se hubieran movido, pero ella sabía que lo había sentido. Sabía que algo había estado allí.

Pasó el resto de la noche sentada en la cama, con las luces encendidas y los ojos bien abiertos, incapaz de conciliar el sueño. La sensación de los perros sobre ella y el asco que le había provocado su contacto seguían grabados en su mente, como un eco imposible de borrar. Sin embargo, había algo más que no podía ignorar: por primera vez desde que comenzaron estos episodios, Nina sintió un destello de poder.

Recordó cómo, a pesar del miedo y la repulsión, su grito mental había desatado algo dentro de ella, algo que había hecho desaparecer todo. El peso, el zumbido, los perros… todo había cedido ante su determinación. Se dio cuenta de que, de alguna manera, ella tenía el control sobre esas «cosas». No sabía cómo explicarlo, pero la rabia que había sentido y el fuerte deseo de terminar con aquello parecían haberle dado una fuerza que hasta entonces desconocía.

Esa sensación de poder la embargó por momentos, mezclándose con la angustia. Era aterrador, pero también liberador. Nina se aferró a esa idea mientras esperaba que amaneciera, repitiéndose mentalmente que ella tenía el control, que podía detenerlo si volvía a suceder.

Al día siguiente, con el cuerpo cansado pero la mente inquieta, Nina decidió buscar respuestas. Encendió su ordenador y comenzó a teclear frenéticamente en el buscador: «Sensación de inmovilidad al dormir», «visiones de perros negros», «ruidos en la cabeza al despertar». Cada búsqueda la llevó a foros y artículos que describían vivencias similares. Algunas personas hablaban de «parálisis del sueño», mientras que otras se aventuraban a teorías más esotéricas.

Nina leyó con avidez, tratando de encontrar algo que explicara lo que le había sucedido. Aunque parte de ella quería creer que había una explicación lógica y psicológica, no podía evitar sentir que lo que había experimentado era algo más profundo, algo que iba más allá de lo que la ciencia podía explicar con claridad.

Por primera vez, Nina sintió que no estaba sola. Había otros que también habían librado batallas similares en sus noches más oscuras, experiencias que incluso les habían dejado huellas visibles en el cuerpo: arañazos, morados o marcas con formas curiosas. Movida por la inquietud, corrió hacia el espejo para revisar si su última experiencia le había dejado alguna señal. Al contemplarse, se quedó helada. Había varios arañazos en su vientre, rodeados por un enrojecimiento que comenzaba a tornarse violáceo. La imagen la llenó de ansiedad, y su mente se inundó de preguntas sin respuesta.

Lo que Nina no podía imaginar era que la noche le tenía reservado un nuevo y desconcertante episodio. Se acostó sintiendo las marcas en su vientre como un recordatorio constante de algo que no lograba comprender. Cayó dormida con un pensamiento inquietante, casi una premonición: el próximo sueño sería peor. Y así fue.

El fraile negro y las visiones

El zumbido regresó. Abrió los ojos y, para su sorpresa, podía ver con claridad su habitación en penumbras. Podía distinguir cada objeto: el armario, la mesa de noche, las sombras que las cortinas proyectaban en las paredes. Pero todo se sentía… diferente. Entonces lo vio: una figura alta, vestida de negro, de pie junto a la ventana, al otro lado de la habitación. Era tan alta que su cabeza casi tocaba el techo. Su atuendo se asemejaba al de un fraile, con pliegues que ocultaban completamente su rostro.

El terror la paralizó de inmediato. Nina quiso cerrar los ojos, pero no pudo. La figura alzó una mano, como señalándola, y en un instante sintió que algo la sacaba de su cuerpo. No fue como antes; esta vez pudo ver claramente cómo flotaba, dejando su cuerpo inmóvil en la cama. El fraile se movió lentamente hacia la puerta y, sin palabras, le indicó que lo siguiera.

Una sensación de frialdad invadió a Nina al cruzar la puerta de su habitación. El pasillo estaba oscuro, más largo de lo habitual, y cada paso hacia él pareció un desafío titánico. Cuando finalmente llegó a la habitación de su madre, todo cambió. El aroma penetrante del perfume de lilas flotaba en el aire, dulzón y pesado, como una presencia que se negaba a desaparecer. Nina la vio encamada, con el rostro pálido y una expresión de angustia que la llenó de un dolor profundo. Al lado de la cama, un balde de agua, paños manchados de sangre y un aire denso de miedo y desesperación que se mezclaba con aquel perfume, intensificando su asfixiante sensación de muerte.

Lo más aterrador fue que, de alguna manera, Nina podía sentir los pensamientos de su madre, como si estuviera conectada a ella. Sintió su miedo a morir, su angustia por no poder levantarse y el deseo de evitar un hospital. Era abrumador, una mezcla de emociones que casi la aplastaban.

“Debes ayudarla”, pareció decirle el fraile, aunque no emitiera sonido alguno. Nina quiso acercarse, pero el miedo la vencía. En un movimiento desesperado, volvió corriendo hacia su cuerpo, sintiéndose envuelta por el zumbido y el peso que conocía tan bien. Pero la figura la alcanzó de nuevo, sacándola otra vez de la cama. Esta vez no hubo pausa: Nina se vio de nuevo en la habitación de su madre, obligada a presenciar cada detalle.

De repente, todo terminó. Nina despertó con un sobresalto, empapada en sudor. El zumbido cesó y su habitación estaba en completo silencio. Intentó calmarse, pero la escena se repetía una y otra vez en su mente. 

Nina no comprendía del todo lo que había vivido, pero la experiencia dejó una marca imborrable en su mente. Esa figura y la escena parecían más reales que cualquier sueño, aunque seguía sin encontrar explicación. Era como si algo o alguien intentase advertirle de algo importante, pero no podía saber qué. La incertidumbre la llenó de inquietud, pero también de una determinación extraña por entender lo que había ocurrido.

Al día siguiente, Nina no podía borrar la imagen del fraile negro de su mente. Decidió evitar pensar en ello, enfocándose en su rutina diaria. Pero incluso en sus tareas habituales, sentía que algo estaba fuera de lugar: un escalofrío constante en la nuca, como si alguien la estuviera observando, y una ligera opresión en el pecho que no podía ignorar.

Mientras revisaba los foros aquella noche, leyó un testimonio que le heló la sangre. Una persona describía haber visto una figura similar al fraile negro en sus episodios de parálisis del sueño. El comentario hablaba de cómo esta figura parecía no ser una alucinación cualquiera, sino una manifestación de sus miedos más profundos. Lo más perturbador fue que la persona mencionó que estas visiones solían estar vinculadas a eventos significativos en su vida. “Esa figura está ahí para enfrentarte a lo que temes y no quieres ver”, decía el mensaje.

Nina apagó el ordenador de golpe. Las palabras le resonaron como un eco. ¿Podría esa figura estar conectada con lo que había experimentado en la habitación de su madre? No podía evitar pensar en la sangre, los paños y la sensación de miedo. Aunque sabía que era irracional, comenzó a sentir que había algo que necesitaba comprender sobre su relación con su madre, algo que iba más allá de lo que estaba dispuesta a admitir.

Esa noche, a pesar de su ansiedad, Nina terminó cayendo en un sueño intranquilo. No pasó mucho tiempo antes de que el zumbido regresara, más fuerte y ensordecedor que nunca. Esta vez, todo era diferente. La habitación estaba completamente oscura, pero ella podía sentir una presencia cerca, rodeándola. Quiso moverse, gritar, pero su cuerpo seguía inmóvil.

De repente, sintió un frío intenso en sus manos, como si alguien la estuviera sosteniendo. Entonces lo vio: no era el fraile esta vez, sino una sombra que parecía una silueta humana, pero sin rasgos definidos. La figura se inclinó hacia ella, y en un susurro gutural que parecía provenir de todas partes, dijo: “No puedes ignorarlo. Mira.”

Nina se vio nuevamente fuera de su cuerpo, pero esta vez, estaba en un lugar diferente. Se encontraba en el hospital, en una habitación blanca y estéril. Su madre estaba allí, acostada en una camilla, mientras los doctores la rodeaban. La escena era tan vívida que Nina podía oír las máquinas y los murmullos. Sintió una punzada de desesperación, pero también algo más: una conexión profunda con su madre, como si pudiera sentir su dolor y miedo.

La figura volvió a aparecer junto a ella. “Debes entender,” murmuró. “Esto no es un sueño.”

Antes de que pudiera procesar lo que ocurría, Nina fue arrastrada de vuelta a su cama, despertando de golpe. Estaba jadeando, y una lágrima rodó por su mejilla. Aunque estaba segura de que había sido un sueño, la intensidad emocional y la conexión que había sentido con su madre la dejaron en un estado de inquietud. Era como si algo o alguien le estuviera mostrando fragmentos de una verdad que no podía comprender del todo.

Durante los días siguientes, Nina comenzó a reflexionar sobre los episodios y sus posibles significados. Recordó cómo, semanas antes, su madre había mencionado sentirse algo débil, pero Nina no le había dado importancia. Ahora, esa conexión parecía cobrar un sentido que no podía ignorar. Decidió visitar a su madre, tratando de asegurarse de que todo estuviera bien, pero también con la sensación de que este sería solo el principio de algo más grande.

Al día siguiente, Nina insistió en acompañar a su madre al médico. Aunque su madre trató de esquivar el tema con excusas, la firmeza en la voz de Nina terminó por convencerla. Algo en su tono, casi desesperado, parecía imposiblemente urgente.

En la consulta, el médico escuchó con atención mientras su madre describía los síntomas: dolores intermitentes, fatiga y un sangrado anómalo que había atribuido al estrés. Aunque intentaba minimizar la situación, el médico no parecía convencido. “Vamos a realizar un ultrasonido ahora mismo”, dijo, con un tono que no dejaba lugar a discusión.

Nina observó la pantalla mientras el médico movía el transductor sobre el abdomen de su madre. El ambiente se volvió denso, cada segundo se sentía eterno. De pronto, el médico se detuvo. Una mancha oscura apareció en la imagen, un contorno irregular que parecía absorber toda la atención de la sala.

“Es un tumor”, dijo finalmente, con la voz medida pero grave. “Por su tamaño y ubicación, está afectando el útero. Es necesario extirparlo cuanto antes.” La frase quedó suspendida en el aire como un eco, resonando en la mente de Nina. Sentía el zumbido regresar, no en su cabeza, sino en la atmósfera de esa pequeña sala de consulta. Era como si todo volviera a la visión que había tenido: la cama, el balde, la sangre. Todo estaba allí, en un plano que ahora entendía con una claridad aterradora.

Buscando ayuda profesional

Pasaron seis meses desde la operación de su madre. Aunque la recuperación había sido satisfactoria y los médicos aseguraban que no había rastros del tumor, Nina aún no lograba encontrar paz. Las noches seguían siendo un campo de batalla entre su cuerpo inmóvil y las visiones inquietantes que la acechaban. Ahora, las experiencias no eran tan frecuentes como antes, pero cuando ocurrían, se volvían más intensas, más vívidas. El zumbido en su cabeza, las sombras que parecían observarla desde las esquinas de su habitación, e incluso la figura del fraile negro seguían apareciendo en sus sueños, como si quisieran decirle algo que no lograba comprender.

Un día, después de una noche especialmente perturbadora, Nina decidió que ya no podía seguir lidiando sola con todo aquello. Investigó terapeutas en su ciudad y encontró uno que le llamó la atención. El doctor Martín Suarez era un psicólogo especializado en trastornos del sueño y traumas infantiles. Aunque la idea de abrirse a un desconocido la incomodaba, algo en su interior le decía que era el camino correcto.

Nina se sentó en el sofá frente al doctor, su postura tensa y los dedos jugueteando nerviosos con el borde de su chaqueta. Al principio, habló sobre sus experiencias recientes: la parálisis, las visiones, el zumbido, los perros negros y la figura del fraile. Martín escuchó con atención, sin interrumpirla, tomando notas ocasionalmente.

“¿Y qué sientes exactamente cuando ves al fraile?” le preguntó finalmente.

Nina dudó. “Miedo. Pero no solo eso… también siento una especie de culpa, como si estuviera ahí para juzgarme o para recordarme algo que no quiero recordar.”

El psicólogo la miró con interés. “¿Te sientes culpable por algo en tu vida?”

Nina se quedó en silencio por un momento antes de responder. “Supongo que siempre he sentido que no soy suficiente. Nunca lo fui para mi madre. Ella siempre decía que estaba cansada de la vida que llevaba, como si mi existencia y la de mis hermanos fueran una carga para ella. Y al final, yo tuve que ser la madre en esa casa.”

El doctor asintió, pero no dijo nada más, dejando que el silencio llenara el espacio, invitándola a continuar.

 Mi madre… era irresponsable. Se casó joven, pero siempre se comportó como si todavía tuviera 16 años. Yo la veía salir con amigas mientras yo me quedaba cuidando a mis hermanos. Cocinaba, limpiaba, hacía todo lo que una madre debería hacer. Pero nunca me sentí amada. Nunca me sentí protegida. Siempre estaba sola. 

 La voz de Nina temblaba al final de la frase, y por un instante, sintió que las lágrimas amenazaban con salir, pero las contuvo.

Conforme avanzaron las sesiones, Martín comenzó a señalar cómo las experiencias de Nina parecían estar profundamente conectadas con su infancia y con su relación con su madre. Las sombras, el fraile, el zumbido, e incluso los perros negros, podían interpretarse como representaciones de las emociones reprimidas que había acumulado durante años.

“El fraile podría ser la figura de autoridad que sentiste que nunca tuviste,” le explicó en una sesión. “Podría ser una proyección de tu necesidad de protección y guía, pero también de tu miedo a ser juzgada o a fracasar.”

“¿Y los perros?” preguntó Nina.

“Los perros negros suelen aparecer en relatos y mitologías como símbolos de miedo, de pérdida o de muerte emocional. Quizás representan el peso de todas esas responsabilidades que cargaste desde pequeña, algo que te ató a un rol que no te correspondía.”

A medida que estas interpretaciones tomaban forma, Nina empezó a darse cuenta de que cada experiencia nocturna, por aterradora que fuera, parecía estar conectada con momentos específicos de su vida. Recordó noches de infancia en las que lloraba en silencio porque su madre no llegaba a casa, tardes en las que cocinaba para sus hermanos mientras escuchaba a sus padres discutir, y días en los que deseaba con todas sus fuerzas ser cuidada en lugar de cuidar a otros.

Una noche, después de una sesión particularmente intensa, Nina volvió a experimentar una parálisis del sueño. Esta vez, sin embargo, todo fue diferente. En lugar de sentir el zumbido o ver al fraile desde lejos, se encontró cara a cara con él. La figura se inclinó hacia ella, y por primera vez, pudo distinguir lo que había bajo la capucha: un rostro. Pero no era el rostro de un desconocido. Era el rostro de su madre

Cuando Nina quedó cara a cara con el fraile, su respiración se volvió más pesada, como si el aire de la habitación se hubiera transformado en un líquido espeso que luchaba por entrar en sus pulmones. Cada segundo parecía eterno, y aunque quería moverse, algo en su interior la obligó a quedarse inmóvil, enfrentando a la figura que había atormentado sus noches.

El rostro detrás de la sombra

La figura inclinó lentamente la cabeza, como si la estuviera estudiando. En un gesto inesperado, levantó ambas manos hacia la capucha. Nina sintió cómo su corazón se aceleraba, pero no era solo miedo. Había algo más, una mezcla de anticipación y terror. Mientras la figura revelaba su rostro, el zumbido habitual se transformó en un crujido, como si las paredes mismas se quejaran bajo una presión invisible.

Entonces lo vio: el rostro de su madre, pero no como la recordaba. Estaba pálida, envejecida, con los ojos rodeados de sombras profundas. Las arrugas en su frente y las mejillas hablaban de sufrimiento, de noches sin sueño y arrepentimientos. Pero había algo más, algo que Nina nunca había notado en su madre: una tristeza profunda que parecía mirar más allá de ella, como si intentara disculparse por una culpa que nunca pudo enmendar.

La voz del fraile, que ahora era también la voz de su madre, llenó la habitación. No eran palabras claras, sino un murmullo bajo, una mezcla de palabras que apenas podía distinguir. “No eras tú, Nina… Nunca fue tu culpa”, susurró, y aunque su boca no se movió, el mensaje resonó directamente en su mente.

El miedo la invadió, pero esta vez no luchó. Permaneció quieta, observando cómo el rostro de su madre la miraba con una mezcla de tristeza y algo que parecía arrepentimiento. Quiso hablar, pero las palabras no salieron. En cambio, el fraile (o su madre) levantó una mano y señaló hacia un rincón de la habitación. Allí, en la penumbra, Nina vio una figura más pequeña: una niña de unos 8 años, con el cabello despeinado y un vestido gastado. Era ella misma, sentada en el suelo, abrazándose las rodillas y sollozando.

Cuando despertó, el recuerdo de la visión estaba grabado en su mente como una cicatriz. Por primera vez, entendió que su lucha no era contra algo externo, sino contra el dolor y el abandono que había sentido durante toda su vida. Esa niña, su yo del pasado, había estado clamando por atención, por ser escuchada y cuidada, y ella había hecho todo lo posible por ignorarla.

En las siguientes sesiones, Nina y Martín trabajaron en explorar esa conexión con su niña interior. Sin embargo, las visiones continuaban, y cada una traía un nuevo elemento inquietante: fragmentos de recuerdos que Nina no recordaba conscientemente, como una noche en la que su madre la dejó sola para irse de fiesta, o una discusión en la que su padre culpaba a Nina de “enfermarse y fastidiarle el día de playa.”

Aunque todo apuntaba a una explicación psicológica, había detalles que Nina no podía explicar, como el sonido del zumbido que aún resonaba en su cabeza o el hecho de que algunas marcas en su cuerpo aparecían después de los episodios. ¿Era todo producto de su mente, o había algo más, algo que escapaba de la lógica?

Pasaron semanas desde la última sesión de terapia. Aunque Nina seguía teniendo días difíciles, la conexión con su infancia y el trabajo en su niña interior habían disminuido la intensidad de las experiencias nocturnas. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que podía respirar sin el constante peso del pasado. Las visiones, el fraile, los perros negros y el zumbido parecían haberse desvanecido, dejándole una sensación de normalidad que casi no recordaba.

Aun así, una sombra de incertidumbre la acompañaba. ¿Por qué las experiencias habían comenzado en primer lugar? ¿Por qué desaparecieron justo cuando ella empezó a enfrentarse a su dolor? Martín había insistido en que todo tenía una explicación psicológica: las visiones no eran más que manifestaciones de emociones reprimidas. Sin embargo, Nina no estaba completamente convencida. Había algo en la intensidad de los episodios, en las marcas físicas que habían aparecido en su cuerpo, que no encajaba con una explicación lógica.

El enigma de las fotografías

Una noche, mientras revisaba un artículo para la revista, sintió un cansancio repentino, abrumador. Era temprano, pero decidió acostarse. Quizá su cuerpo le pedía descanso, un descanso que había negado durante años. Se tumbó en la cama, apagó la luz y dejó que la oscuridad la envolviera.

Por primera vez en meses, se quedó dormida con facilidad. Pero, en algún momento de la madrugada, algo la despertó. Fue el zumbido.

Era leve al principio, como un murmullo distante que apenas perturbaba el silencio. Sin embargo, se fue intensificando poco a poco, llenando su mente. Nina abrió los ojos, y esta vez pudo moverse. Todo estaba en penumbras, iluminado por la luz tenue de la farola que se filtraba a través de las cortinas. Miró alrededor y no vio nada extraño. Por un instante, pensó que el zumbido era una ilusión, un eco de sus miedos pasados.

Pero entonces sintió una presencia.

Se giró hacia la esquina más oscura de la habitación, el lugar donde siempre había sentido que algo la observaba durante sus episodios. Allí, apenas visible entre las sombras, estaba el fraile. Era como lo recordaba: alto, imponente, con su rostro oculto bajo la capucha. Sin embargo, esta vez no sintió el mismo terror que antes. Había algo diferente en su presencia, algo que no podía describir.

El fraile no se movió ni hizo gesto alguno. Solo permaneció allí, mirándola en silencio. Nina quiso hablar, pero las palabras se atascaron en su garganta. Finalmente, reunió el valor para susurrar: “¿Qué quieres de mí?”

No hubo respuesta. La figura levantó lentamente una mano y la señaló. Nina sintió una punzada de miedo, pero también una extraña calma. No intentó huir ni resistirse. En cambio, siguió la dirección que el fraile le indicaba con su mano.

La mirada de Nina se posó en el rincón de su habitación, junto a la pequeña mesa donde solía apilar libros y cuadernos. Algo parecía diferente, como si un objeto que no recordaba haber visto antes estuviera allí. Se levantó de la cama, sin apartar la vista del fraile, y caminó hacia el rincón. Al agacharse, notó que había una fotografía antigua, cubierta de polvo.

Con manos temblorosas, recogió la foto. Era una imagen en blanco y negro, desgastada por el tiempo. Nina la miró detenidamente y sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. En la foto, estaba ella, de apenas un año, en brazos de su madre. Su madre sonreía, con una expresión de ternura que Nina no recordaba haber visto nunca.

El corazón de Nina latía con fuerza mientras pasaba un dedo por la superficie de la fotografía. La imagen parecía fuera de lugar; nunca había visto esa foto antes, y no tenía idea de cómo había llegado allí. Se giró hacia el fraile, buscando respuestas, pero la figura ya no estaba. Solo quedaba el rincón vacío, bañado por la luz de la farola.

Nina pasó el resto de la noche mirando la foto. Algo en ella despertaba una sensación que no había experimentado en años: calidez, nostalgia, e incluso una pequeña chispa de esperanza. Su madre no había sido perfecta, pero quizás había habido momentos, aunque breves, en los que la había amado genuinamente. Quizá había cosas que Nina no recordaba o no había querido ver.

Cuando amaneció, Nina tomó la foto y la colocó en su escritorio, en un marco vacío que había comprado meses atrás pero nunca le había dado uso. Cada vez que la miraba, sentía una mezcla de emociones: preguntas sin respuesta, gratitud y, sobre todo, una aceptación creciente de su pasado. Las visiones, el zumbido y el fraile no volvieron.

Sin embargo, semanas después, mientras limpiaba su habitación, encontró algo que le heló la sangre: la misma fotografía, esta vez dentro de una caja vieja que había pertenecido a su madre y que estaba guardada en el armario. Era idéntica a la que estaba en el marco, pero no había forma de que pudiera ser la misma. Nina la sostuvo entre las manos, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.

Nina observó las dos fotografías, con el corazón dividido entre el desconcierto y una extraña sensación de calma. ¿Había sido todo un juego de su mente? ¿Un intento de su espíritu por reconciliarse con el pasado? ¿O acaso había algo más profundo, algo inexplicable que había guiado cada experiencia? Mientras colocaba ambas imágenes una junto a la otra en el escritorio, un leve zumbido resonó en la habitación, sutil pero inconfundible, como un eco que se negaba a desaparecer del todo, escondido en las sombras.

FIN

Nota: Este relato es una obra de ficción inspirada en experiencias oníricas y simbólicas que muchas personas viven en estados liminales entre el sueño y la vigilia.




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Lilian Rodríguez
Autora, investigadora y creadora de MetaversoPsi
Forma parte del proyecto editorial Metaverso Psi, donde desarrolla y firma contenidos centrados en autoestima, diálogo interno y reflexión sobre la experiencia emocional cotidiana.


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