Hay una frase que aparece con frecuencia cuando una relación lleva tiempo funcionando: «Le quiero muchísimo, pero ya no siento lo mismo que al principio». A veces se dice con tristeza, otras con miedo y muchas con cierta culpa, como si reconocer que aquellas primeras mariposas han cambiado significara admitir que algo se ha estropeado.
A mí siempre me ha parecido curiosa esa necesidad que tenemos de comparar el amor que sentimos hoy con el que sentíamos al principio. Comparamos una relación que ya conocemos, que ha pasado por días buenos, discusiones, rutinas, reconciliaciones, enfermedades, viajes, problemas, domingos aburridos y muchos momentos pequeños que solo pertenecen a dos personas, con aquella época en la que prácticamente todo estaba por descubrir. Y claro que no se siente igual. Lo extraño sería que se sintiera exactamente igual.
La pregunta interesante, entonces, quizá no sea «¿por qué ya no siento lo mismo?», sino otra bastante más difícil: ¿que ya no sienta lo mismo que al principio significa que la relación está rota?
Erich Fromm no formuló exactamente esa pregunta, pero sí planteó una cuestión que nos lleva directamente hasta ella. En El arte de amar, publicado en 1956, comenzó preguntándose si amar es un arte. Si lo es, amar no puede consistir únicamente en sentir algo que nos sucede cuando encontramos a la persona adecuada; también requiere una capacidad que podemos aprender y desarrollar. Desde ahí cuestionó una confusión que seguimos teniendo muy presente: creer que enamorarse y saber amar son prácticamente la misma cosa.
¿Amar y estar enamorado es realmente lo mismo?
Cuando nos enamoramos, la otra persona ocupa una enorme cantidad de espacio mental. Queremos verla, conocerla, escucharla, saber qué piensa y descubrir qué siente por nosotros. Un mensaje puede cambiarnos el ánimo y una cita puede convertirse en el acontecimiento de toda una semana. Existe excitación, expectativa y una sensación de acercamiento extraordinariamente intensa.
Todo eso es real. No hace falta despreciarlo ni convertir el enamoramiento en una especie de engaño del cerebro. El problema empieza cuando utilizamos la intensidad de esa experiencia como medida del amor y esperamos que cualquier amor verdadero tenga que conservarla exactamente igual durante años.
Fromm ya advertía de esa confusión. En El arte de amar describe el amor como una actividad y utiliza una imagen muy expresiva: amar tiene más que ver con mantenerse en pie que con caer. Años después desarrolló todavía más esa diferencia al contraponer falling in love, enamorarse, con standing in love, permanecer amando.
La diferencia puede parecer lingüística, pero no lo es. Mientras enamorarse describe en buena medida algo que nos sucede, Fromm dirige nuestra atención hacia aquello que somos capaces de hacer una vez que amamos.
¿Por qué el enamoramiento del principio se siente tan intenso?
Al principio estamos descubriendo a alguien y eso cambia completamente nuestra manera de relacionarnos con esa persona. Hay muchísima información que todavía desconocemos y cada encuentro añade algo nuevo. No sabemos exactamente cómo reaccionará, qué lugar terminaremos ocupando en su vida ni qué será de esa relación dentro de seis meses.
Además, todavía estamos construyendo una imagen del otro. Vamos reuniendo gestos, conversaciones, miradas, coincidencias y pequeños detalles y, con ellos, componemos una persona que aún no conocemos completamente. Nuestra imaginación inevitablemente participa en ese proceso.
Hay algo más. Dos personas que hasta hace muy poco eran prácticamente extrañas empiezan a compartir pensamientos, intimidades, deseos y partes de sí mismas que no enseñan a cualquiera. Fromm consideraba que ese derribo repentino de la distancia entre dos personas podía producir una de las experiencias humanas más excitantes y satisfactorias. Pero también señalaba algo que a veces preferimos olvidar: esa novedad no puede mantenerse indefinidamente. A medida que las dos personas se conocen, la intimidad deja de poseer parte de aquel carácter extraordinario de descubrimiento.
Eso no significa necesariamente que la relación haya perdido valor; significa que algo que era nuevo ha dejado de serlo. Con los años ya sé muchas cosas de ti. Sé qué te hace reír, conozco tus manías, puedo anticipar algunas de tus respuestas y seguramente he escuchado más de una vez esa historia que vuelves a contar en las reuniones. Tú también sabes cosas de mí que al principio ignorabas. Hemos cambiado parte de la incertidumbre por conocimiento y parte del descubrimiento por familiaridad.
La familiaridad puede ser extraordinariamente cálida, pero no produce exactamente las mismas sensaciones que la novedad. El problema aparece cuando interpretamos esa diferencia como una prueba de que el amor necesariamente se ha deteriorado.
¿Qué pasa cuando termina el enamoramiento?
Aquí aparece una idea que se repite con mucha facilidad: cuando termina el enamoramiento comienza el amor verdadero. A mí esa explicación me parece demasiado cómoda, porque convierte en una evolución automática algo que no tiene por qué ocurrir.
Que termine aquella intensidad inicial no demuestra que haya desaparecido el amor, pero tampoco demuestra que hayamos entrado automáticamente en una especie de nivel superior llamado «amor maduro». No existe una transformación por la que las mariposas se conviertan, simplemente porque pase el tiempo, en amor profundo.
El tiempo puede ayudar a construir una relación, pero haber compartido diez, veinte o treinta años tampoco demuestra por sí mismo la calidad de lo que existe entre dos personas. La duración nos dice cuánto tiempo han permanecido juntas, no necesariamente cómo se han amado durante ese tiempo.
Lo que Fromm plantea resulta bastante más exigente. Cuando desaparece la extraordinaria novedad de los primeros tiempos empieza a verse si somos capaces de relacionarnos con la persona real que tenemos delante y no solamente con la experiencia que nos producía enamorarnos de ella.
En un texto posterior utilizó una imagen que resume muy bien esa transición: una vez terminada la «caída» del enamoramiento, la cuestión es si la pareja consigue aterrizar sobre sus pies y continuar amándose. Y precisamente ese «continuar» es lo que cambia el sentido de la pregunta, porque ya no estamos hablando únicamente de lo que sentimos, sino también de cómo nos relacionamos.
¿Por qué Fromm decía que amar es una capacidad?
Una de las ideas centrales de El arte de amar es que solemos pensar que el gran problema amoroso consiste en encontrar a la persona adecuada. Si encuentro a «la persona», suponemos, amar debería suceder casi espontáneamente. Por eso dedicamos muchísima atención a quién escogemos y bastante menos a preguntarnos cómo amamos nosotros.
Fromm invierte el planteamiento. Si amar es una capacidad humana, encontrar a alguien que nos atraiga no garantiza que sepamos ejercerla. De ahí que compare el amor con un arte: requiere conocimiento, aprendizaje y práctica.
Esto puede sonar poco romántico hasta que lo llevamos a la vida cotidiana. Podemos estar tremendamente enamorados y ser incapaces de escuchar, sentir una pasión enorme y querer controlar al otro, o desear desesperadamente que alguien permanezca a nuestro lado y, al mismo tiempo, interesarnos muy poco por quién es realmente. La intensidad de un sentimiento no demuestra por sí sola la calidad de nuestra manera de amar.
También nos preocupamos muchísimo por ser amados. Queremos resultar atractivos, interesantes, deseables y suficientemente especiales para que alguien nos elija. Incluso podemos interpretar el éxito de nuestra vida sentimental en función de cuánto nos quieren los demás. Fromm pensaba que esta manera de entender el amor estaba profundamente influida por una cultura en la que también aprendemos a presentarnos y valorarnos como si fuéramos productos dentro de un mercado.
Si considero que sé amar perfectamente y que mi único problema consiste en no haber encontrado todavía a la persona adecuada, cada fracaso puede llevarme a buscar un nuevo candidato sin preguntarme demasiado por mi propia manera de relacionarme. Fromm cambia precisamente esa pregunta: en lugar de quedarnos exclusivamente en «¿he encontrado a la persona correcta?», nos obliga a preguntarnos «¿qué capacidad tengo yo para amar?». Y esa pregunta resulta bastante más incómoda, porque la respuesta ya no depende únicamente del otro.
¿Qué es el amor maduro según Erich Fromm?
Cuando Fromm habla de una forma madura o productiva de amar aparecen cuatro elementos profundamente relacionados entre sí: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento. No son cuatro ingredientes mágicos ni una receta para determinar si una pareja funciona, sino diferentes dimensiones de una determinada forma de relacionarnos con otra persona.
El cuidado implica que aquello que ocurre con la persona que amo me importa. No soy un simple espectador de su vida, porque existe un interés activo por su bienestar y por su desarrollo. La responsabilidad tampoco significa cargar con la vida del otro ni convertirnos en responsables de solucionar todos sus problemas; tiene que ver con ser capaces de responder ante sus necesidades y reconocer que nuestra manera de actuar tiene consecuencias dentro del vínculo.
El respeto es quizá uno de los elementos que más me interesan. Respetar a alguien significa poder verlo como es y permitirle existir como una persona diferente de mí, con necesidades, proyectos, opiniones y deseos que no siempre coincidirán con los míos. Desde esta perspectiva, amar no consiste en conseguir que el otro se convierta en aquello que necesito para sentirme tranquilo.
Y después está el conocimiento. Para amar a una persona necesito conocerla, pero conocerla no significa únicamente saber qué café toma o qué música escucha. Significa intentar verla sin deformarla continuamente mediante mis expectativas, necesidades y miedos. Fromm vincula precisamente conocimiento y respeto, porque resulta difícil respetar de verdad a alguien a quien solamente miro a través de lo que quiero obtener de él.
Todo esto coloca el amor en un terreno bastante diferente al de las mariposas. No porque las mariposas sean falsas o carezcan de valor, sino porque no bastan para decirnos cómo amamos.
Amar sin dejar de ser dos
Hay una idea de Fromm que resume especialmente bien su concepto de amor maduro: la unión amorosa permite que dos personas se hagan una y, al mismo tiempo, sigan siendo dos. Habla, por tanto, de una unión que conserva la integridad y la individualidad de cada persona.
Esto me parece importante porque algunas de nuestras imágenes más románticas del amor exaltan precisamente lo contrario. «No puedo vivir sin ti», «eres todo para mí», «sin ti no soy nada» o «somos una sola persona» pueden sonar preciosas dentro de una canción y resultar bastante menos bonitas cuando se convierten literalmente en una forma de vivir.
Para Fromm, amar no debería exigir la desaparición de ninguno de los dos. No tengo que dejar de ser yo para demostrar cuánto te quiero, ni necesito que tú renuncies a ser tú para sentirme seguro de que me amas. Precisamente ahí aparece una diferencia importante entre una unión que permite que dos personas sigan existiendo como individuos y otra en la que una termina absorbiendo a la otra.
No voy a entrar mucho más en esa cuestión porque merece su propio espacio dentro de esta serie. Lo importante aquí es comprender que, cuando Fromm habla de madurez, no está describiendo simplemente una relación que ha durado muchos años, sino una determinada manera de relacionarnos.
¿Que termine el enamoramiento significa que empieza el amor maduro?
No necesariamente, y merece la pena aclararlo porque esta es una de las simplificaciones que más circulan cuando se utiliza a Fromm para hablar de relaciones largas. No existe ninguna garantía de que, cuando desaparezca la intensidad del enamoramiento, aparezcan automáticamente cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento. Esas cualidades no llegan con los aniversarios.
Podemos haber dejado atrás la fascinación inicial y estar construyendo algo mucho más profundo, pero también podemos descubrir que, cuando desapareció aquella excitación, no sabíamos muy bien qué hacer el uno con el otro.
Por eso Fromm tampoco debería utilizarse para justificar que cualquier relación que pierde intensidad simplemente «ha madurado». El concepto de amor maduro no es una explicación cómoda para todo lo que ocurre después de los primeros años; nos obliga precisamente a observar qué hemos construido una vez que la extraordinaria intensidad del comienzo deja de ocupar todo el espacio.
Así que cuando alguien dice que una pareja lleva muchos años junta, ya no siente aquellas primeras mariposas y eso demuestra que ha pasado del enamoramiento al amor, yo añadiría una palabra: quizá. Puede haber sucedido exactamente eso, pero tendremos que comprobarlo mirando la relación y no el calendario.
¿Se puede seguir enamorado después de muchos años?
Distinguir el enamoramiento inicial del amor maduro tampoco significa que una relación larga tenga que convertirse inevitablemente en algo tranquilo, previsible y desprovisto de emoción romántica. La investigación posterior a Fromm ha encontrado personas que continúan experimentando un amor romántico intenso después de décadas de relación, de manera que duración, familiaridad y emoción no son necesariamente incompatibles.
Eso no significa que podamos exigir a una relación de veinte años que reproduzca de manera continua exactamente las condiciones de cuando todavía éramos dos desconocidos descubriéndonos. Tampoco significa que las mariposas tengan obligatoriamente fecha de caducidad. Qué ocurre con la excitación, la novedad y la posibilidad de volver a sentir ese pequeño vuelco después de muchos años merece, en realidad, una pregunta propia y la abordaremos por separado.
El amor no siempre se siente como al principio
Tal vez una de las dificultades de las relaciones largas sea aceptar que cambiar no significa necesariamente deteriorarse. Nos enseñaron a reconocer el enamoramiento con bastante facilidad: sabemos identificar las ganas de ver al otro, la impaciencia, la excitación, las conversaciones interminables y esa curiosa capacidad de pasar horas pensando en una persona sin cansarnos demasiado de nosotros mismos. Sin embargo, tenemos bastante menos vocabulario para hablar de lo que sucede después.
Por eso, cuando cambia la intensidad, aparece rápidamente la sospecha de que algo se ha perdido. Algunas veces será cierto, pero otras estaremos intentando medir una relación de muchos años con el termómetro de sus primeros meses.
Fromm me parece especialmente valioso aquí porque no nos obliga a despreciar el enamoramiento ni a considerarlo algo infantil. Lo que hace es recordarnos que esa experiencia inicial no basta para definir el amor. Después de aquella primera caída tendremos que descubrir si somos capaces de conocer al otro sin empeñarnos en convertirlo en nuestra fantasía, querer su bienestar sin tratarlo como una propiedad y conservar nuestra individualidad mientras permitimos que él conserve la suya.
Quizá por eso, cuando alguien me dice «ya no siento lo mismo que al principio», yo no me apresuraría a responder que se ha terminado el amor, pero tampoco le diría que esa pérdida demuestra que ahora ama de una forma más madura. Antes habría que saber qué ha cambiado realmente, porque dejar de sentir exactamente lo mismo que al principio no significa necesariamente que la relación esté rota, del mismo modo que seguir juntos tampoco demuestra por sí solo que hayamos aprendido a amar.
Fromm nos deja precisamente ahí, delante de una pregunta bastante menos cómoda que «¿sigo sintiendo mariposas?»: una vez que hemos dejado de caer, ¿qué estamos haciendo para permanecer?
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Y si quieres profundizar en esa idea de Fromm de amar sin dejar de ser dos personas distintas, te recomiendo ¿Tu pareja tiene que llenar tus vacíos emocionales?, donde abordamos qué podemos esperar realmente de una relación y qué responsabilidades no deberíamos depositar en el otro.
▼ Recursos Adicionales
Fuentes consultadas
Fromm, Erich. El arte de amar (1956).
Fromm, Erich. Love in America (1959), disponible en el archivo documental del Erich Fromm Institute Tübingen.
Erich Fromm Document Center. Materiales documentales sobre los conceptos de amor, cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento en la obra de Fromm.
Acevedo, Bianca P. y colaboradores. «Neural correlates of long-term intense romantic love», Social Cognitive and Affective Neuroscience (2012).

