Fortalezas e inseguridades: ¿por qué dudo de mí si sé que soy capaz?
Eres la persona a la que todos recurren cuando tienen un problema. Sabes organizarte, encontrar soluciones y mantener la cabeza fría cuando las cosas se complican. Tus amigos valoran tus consejos, tus compañeros confían en tu experiencia y has demostrado en numerosas ocasiones que sabes desenvolverte ante las dificultades.
Sin embargo, cuando tienes que tomar una decisión importante para ti, empiezas a dudar. Le das vueltas a todas las posibilidades, buscas opiniones, reconsideras lo que habías decidido y terminas preguntándote si estarás equivocándote. Incluso puede ocurrirte con asuntos que conoces perfectamente.
Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿cómo puedo ser tan capaz para algunas cosas y sentirme tan inseguro cuando se trata de mí?
Esta contradicción es más habitual de lo que parece. Tener experiencia, conocimientos o determinadas fortalezas personales no garantiza que siempre confiemos en nosotros mismos. A veces nuestras capacidades están perfectamente desarrolladas, pero las dudas aparecen cuando tenemos que utilizarlas en circunstancias que nos importan especialmente.
Comprender por qué sucede puede ayudarnos a dejar de confundir nuestras inseguridades con una falta de capacidad.
¿Por qué soy capaz de resolver los problemas de otros y me cuesta tanto decidir por mí mismo?
Cuando ayudamos a otra persona, solemos contemplar su situación desde cierta distancia. Podemos analizar lo que ocurre, considerar distintas soluciones y ofrecer nuestra opinión sin sentir directamente todas las consecuencias emocionales de la decisión.
Pero cuando el problema es nuestro, las cosas cambian. Ahora tenemos algo que perder, quizá tememos decepcionar a alguien o nos preocupa que una decisión equivocada afecte a nuestro futuro. El conocimiento sigue estando ahí, aunque nuestras emociones pueden modificar la forma en que evaluamos las posibilidades.
Pensemos en alguien que aconseja con sensatez a sus amistades sobre sus relaciones personales. Sabe reconocer comportamientos poco respetuosos, comprende la importancia de expresar necesidades y suele encontrar palabras adecuadas para explicar situaciones complicadas. Sin embargo, cuando tiene que mantener una conversación difícil con su propia pareja, empieza a cuestionarse todo lo que antes tenía tan claro.
Sus conocimientos sobre las relaciones no han desaparecido. Lo que ha cambiado es su implicación emocional, las consecuencias que anticipa y la importancia que tiene para él la respuesta de la otra persona.
Ser capaz de analizar una situación no significa que resulte igual de sencillo afrontarla cuando estamos personalmente implicados.
Esta diferencia puede ayudarnos a comprender por qué determinadas fortalezas parecen funcionar mejor cuando las utilizamos para ayudar a otros. También nos recuerda que nuestras dudas no siempre nacen de una incapacidad, sino de la importancia que concedemos a aquello que está en juego.
¿Por qué sigo sintiéndome inseguro si ya he demostrado que sé hacerlo?
Esta es una de las experiencias que más desconciertan. Llevas años realizando una actividad, has obtenido buenos resultados y sabes perfectamente cómo desenvolverte. A pesar de ello, cuando debes afrontar una situación importante, vuelves a sentirte como si fuera la primera vez.
Una profesora puede dominar su asignatura y sentir nervios antes de una reunión con las familias. Un profesional con amplia experiencia puede preocuparse ante una presentación importante. Incluso alguien acostumbrado a organizar acontecimientos puede sentirse inseguro cuando tiene que preparar una celebración especialmente significativa para su propia familia.
Para comprenderlo, conviene distinguir entre nuestras capacidades y la confianza que tenemos en poder utilizarlas satisfactoriamente.
El psicólogo Albert Bandura desarrolló el concepto de autoeficacia para estudiar las creencias que mantenemos sobre nuestra capacidad para realizar determinadas acciones. Su trabajo permite diferenciar lo que sabemos hacer de lo que creemos que podremos conseguir en unas circunstancias concretas.
Esta distinción es importante porque nuestra sensación de seguridad no constituye una medida infalible de nuestras capacidades. Podemos disponer de conocimientos suficientes y, aun así, anticipar dificultades, preocuparnos por cometer errores o sentir que las expectativas son demasiado elevadas.
También puede ocurrir lo contrario: estar muy seguros de algo y descubrir después que necesitábamos más preparación.
Por eso, cuando la inseguridad aparece en una actividad que conocemos, merece la pena prestar atención a lo que ha cambiado. Quizá el trabajo es más complejo, las consecuencias son mayores o debemos desenvolvernos ante personas cuya opinión nos preocupa especialmente.
En lugar de preguntarnos por qué seguimos siendo inseguros, puede resultar más útil comprender qué tiene esa situación que despierta nuestras dudas.
¿Por qué me afecta tanto que alguien cuestione algo que sé hacer bien?
Has preparado un trabajo con cuidado, has comprobado los detalles y estás satisfecho con el resultado. Entonces alguien hace un comentario crítico y, de repente, empiezas a preguntarte si realmente lo habías hecho tan bien como pensabas.
Una crítica puede proporcionarnos información valiosa, pero también puede despertar preocupación, vergüenza o temor a perder el reconocimiento de otras personas. Su efecto depende de numerosos factores, entre ellos la importancia que damos a quien la expresa, nuestras experiencias anteriores y la manera en que se formula.
No produce necesariamente la misma reacción que un compañero nos señale un pequeño error a que una persona con autoridad cuestione públicamente nuestra competencia.
Además, algunas críticas se limitan a evaluar un trabajo concreto, mientras que otras contienen descalificaciones personales. Cuando alguien nos dice que determinado procedimiento podría mejorarse, está señalando algo que podemos revisar. Si utiliza ese error para ridiculizarnos o afirmar que somos unos incompetentes, el mensaje adquiere un significado completamente diferente.
En esas circunstancias, el malestar que experimentamos también puede estar relacionado con el trato que estamos recibiendo.
La dificultad aparece cuando empezamos a considerar que cualquier observación negativa tiene más valor que nuestra experiencia anterior. Podemos haber realizado correctamente una tarea durante años y permitir que un comentario aislado nos haga cuestionar todas nuestras capacidades.
Una crítica puede señalar algo que necesitamos corregir sin invalidar necesariamente nuestros conocimientos ni los resultados que hemos conseguido anteriormente.
Aprender a distinguir ambas cosas nos permite valorar las observaciones que recibimos sin convertirlas automáticamente en juicios sobre nuestra persona.
¿Por qué me cuesta reconocer mis fortalezas y recuerdo tan fácilmente mis errores?
Quizá te resulte sencillo identificar aquello que haces mal, pero cuando alguien te pregunta por tus cualidades necesitas varios minutos para encontrar una respuesta.
A veces sucede porque hemos normalizado nuestras capacidades. Llevamos tanto tiempo utilizando determinadas habilidades que dejamos de considerarlas especialmente valiosas. Organizar bien nuestro trabajo, resolver dificultades o escuchar a otras personas nos parece algo corriente, mientras que nuestros errores llaman inmediatamente nuestra atención.
También influye la importancia que concedemos a determinados aspectos personales. Podemos reconocer que tenemos muchas cualidades y, sin embargo, sentirnos profundamente insatisfechos porque existe una característica concreta que consideramos especialmente importante y en la que creemos que no estamos a la altura.
Los psicólogos Brett Pelham y William Swann estudiaron cómo las percepciones que mantenemos sobre nuestras fortalezas y debilidades contribuyen a la autoestima global. Sus investigaciones mostraron que no interviene únicamente cómo nos describimos, sino también el peso que atribuimos a esas características dentro de nuestra valoración personal.
Esto ayuda a comprender por qué dos personas que reconocen capacidades similares pueden valorarse de manera diferente.
Una puede considerar que sus conocimientos, sus relaciones y su manera de afrontar las dificultades constituyen aspectos importantes de su identidad. Otra puede reconocer exactamente esas mismas cualidades, pero conceder tanta importancia a una limitación que termine eclipsando buena parte de sus recursos.
El problema no consiste necesariamente en desconocer nuestras fortalezas, sino en que a veces permitimos que nuestras dificultades ocupen un lugar desproporcionado en la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Reconocerlo no exige convencernos de que somos excelentes en todo. Se trata de valorar nuestras capacidades y limitaciones con una importancia más ajustada a lo que realmente representan.
¿Y si mi inseguridad tiene motivos que estoy pasando por alto?
Hasta ahora hemos hablado de situaciones en las que las dudas pueden parecer desproporcionadas respecto a nuestras capacidades. Sin embargo, también es importante reconocer que algunas inseguridades responden a dificultades reales.
Quizá necesitamos mejorar una habilidad, disponer de más información o adquirir experiencia antes de afrontar una responsabilidad nueva. En esos casos, la incertidumbre puede ayudarnos a identificar aquello que todavía no dominamos.
También podemos sentirnos inseguros porque nos encontramos en un entorno especialmente exigente o poco respetuoso. Trabajar con personas que cuestionan constantemente nuestras decisiones, recibir comentarios humillantes o tener que afrontar consecuencias desproporcionadas cuando cometemos un error puede afectar a nuestra confianza.
No sería razonable interpretar esas reacciones exclusivamente como un problema de autoestima.
Por eso, antes de intentar convencernos de que deberíamos sentirnos más seguros, conviene comprender qué está ocurriendo. Una cosa es dudar porque nos falta preparación; otra, tener capacidad suficiente y temer las consecuencias de equivocarnos o recibir una reacción desagradable.
La respuesta que necesitamos puede ser muy diferente en cada caso. A veces tendremos que aprender algo nuevo; otras, revisar nuestras expectativas o reconocer que determinadas circunstancias están afectando a nuestra tranquilidad.
¿Qué puedo hacer cuando sé que soy capaz, pero sigo dudando de mí?
Cuando aparece la inseguridad, resulta tentador intentar combatirla repitiéndonos que somos capaces, que debemos confiar en nosotros mismos o que tenemos que dejar de pensar negativamente.
Sin embargo, estas afirmaciones pueden resultar poco útiles cuando no comprendemos qué está provocando nuestras dudas.
Pensemos en una persona que tiene experiencia negociando con clientes, pero se siente profundamente insegura antes de una reunión importante. Repetirse que es buena negociadora quizá no resuelva su preocupación si lo que realmente teme es que le hagan una pregunta para la que no tenga respuesta.
En cambio, identificar ese temor concreto le permite prepararse de una manera más útil. Puede revisar los aspectos que desconoce, consultar la información necesaria o aceptar que no tiene por qué responder inmediatamente a cualquier cuestión.
Lo mismo sucede cuando la inseguridad está relacionada con la opinión ajena. Quizá disponemos de conocimientos suficientes para tomar una decisión, pero nos preocupa que alguien cercano la desapruebe. En ese caso, seguir acumulando información puede no resolver una dificultad que tiene más que ver con las consecuencias emocionales que anticipamos.
Una manera práctica de explorar estas situaciones consiste en distinguir entre lo que sabemos sobre nuestras capacidades y aquello que tememos que ocurra.
Por ejemplo, podemos reconocer que tenemos experiencia hablando en público y, al mismo tiempo, admitir que nos preocupa quedarnos en blanco durante una presentación. Ambas cosas pueden ser ciertas. La primera describe un recurso del que disponemos; la segunda identifica una situación que nos produce inseguridad.
A partir de ahí podemos considerar qué necesitamos realmente: más preparación, información, apoyo o simplemente aceptar que una actividad importante puede producir nervios aunque sepamos realizarla.
El objetivo no es eliminar cualquier duda antes de actuar, sino evitar que una sensación de inseguridad termine definiendo automáticamente nuestras posibilidades.

Un ejercicio para distinguir tus capacidades de tus dudas
Recuerda una situación reciente en la que te hayas sentido inseguro a pesar de tener experiencia o conocimientos suficientes para desenvolverte.
En lugar de analizar toda tu personalidad, vamos a centrarnos exclusivamente en esa experiencia. Escribe una frase que comience por «Sé que soy capaz de…» y complétala con algo que puedas respaldar mediante hechos. Puede ser una habilidad que utilizas habitualmente, una dificultad que has resuelto anteriormente o una responsabilidad que sabes asumir.
Después escribe otra frase: «En esta situación me preocupa…». Intenta expresar un temor concreto, como equivocarte ante alguien, recibir una crítica, decepcionar a una persona importante o no disponer de toda la información necesaria.
Por último, observa si ambas afirmaciones pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Quizá descubras que tienes capacidad para realizar una tarea, pero te preocupa que otras personas juzguen el resultado. Puede que reconozcas una habilidad que utilizas habitualmente y, al mismo tiempo, identifiques algún aspecto para el que necesitas preparación.
Lo importante es que puedas distinguir qué conocimientos y recursos tienes realmente, qué dificultades existen y cuáles son las consecuencias que estás anticipando.
Este ejercicio no pretende hacer desaparecer la inseguridad, sino ayudarte a comprenderla sin perder de vista tus capacidades.
Dos verdades a la vez
Fortalezas e inseguridades · 8 páginas para reflexionar y escribir a tu ritmo.
Puedes reconocer tus fortalezas sin exigirte una seguridad permanente
Una persona puede ser responsable y tener dificultades para tomar determinadas decisiones. Puede disponer de experiencia profesional y sentir nervios antes de una reunión importante. También puede saber escuchar, resolver problemas y ayudar a los demás, pero encontrar dificultades cuando necesita afrontar sus propios conflictos.
Ninguna de esas experiencias resulta necesariamente contradictoria. Nuestras capacidades, nuestras emociones y las circunstancias en las que actuamos no siempre evolucionan al mismo ritmo.
Comprenderlo nos permite reconocer nuestras fortalezas sin exigirnos una confianza perfecta. También nos ayuda a observar las inseguridades con mayor precisión, diferenciando aquellas que señalan una necesidad real de preparación de las que aparecen cuando anticipamos consecuencias que nos preocupan especialmente.
Quizá el descubrimiento más útil sea comprender que sentirte inseguro no demuestra que seas incapaz, del mismo modo que ser competente no te obliga a sentirte seguro en todas las circunstancias.
Con esta distinción podemos observar nuestras fortalezas y dificultades como partes de una misma experiencia personal, sin utilizar unas para negar las otras.
¿Tienes alguna pregunta?
¿Hay algo sobre la autoestima, las inseguridades o las relaciones personales que te gustaría comprender mejor? Déjame tu pregunta en los comentarios. Estaré encantada de leerla y, si el tema puede interesar a más personas, quizá se convierta en un próximo artículo de MetaversoPsi.
Dejar mi preguntaEn la siguiente lección de Autoestima Consciente 365 reuniremos lo aprendido durante estos primeros días para elaborar una fotografía de nuestro punto de partida y reconocer qué aspectos de nuestra relación con nosotros mismos queremos comprender mejor.
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Bibliografía Relevante:
Bandura, A. (1977). Self-efficacy: Toward a unifying theory of behavioral change. Psychological Review, 84(2), 191–215. DOI: 10.1037/0033-295X.84.2.191.
Pelham, B. W., y Swann, W. B., Jr. (1989). From self-conceptions to self-worth: On the sources and structure of global self-esteem. Journal of Personality and Social Psychology, 57(4), 672–680. DOI: 10.1037/0022-3514.57.4.672.
