Las frases que escuchaste sobre ti y todavía siguen contigo

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«Tú siempre has sido muy sensible». «Eres un desastre para organizarte». «Tu hermana es la inteligente de la familia». «Tú puedes con todo». «Para esas cosas nunca has tenido paciencia».

Quizá alguna de estas expresiones te resulte familiar. Puede que las escucharas durante tu infancia, en el colegio o mientras crecías, o que comenzaras a oírlas mucho más tarde, dentro de una relación de pareja o en tu entorno habitual.

A veces las recordamos con claridad. Otras hemos terminado incorporándolas a nuestra manera de hablar sobre nosotros mismos, hasta el punto de que ya no sabemos muy bien cuándo empezamos a describirnos así.

Una persona puede decir que es torpe, complicada, demasiado sensible o poco constante sin haberse preguntado desde hace años qué significa exactamente esa afirmación. También puede presentarse como alguien que nunca necesita ayuda porque durante mucho tiempo los demás la han considerado fuerte e independiente.

Las palabras que otras personas utilizan para describirnos pueden influir en la imagen que construimos de nosotros mismos. Sin embargo, una opinión, una comparación o una característica observada en determinadas circunstancias no constituye necesariamente una descripción completa de quiénes somos.

En esta lección vamos a aprender a reconocer esas expresiones, comprender qué significado les hemos dado y distinguir cuáles nos ayudan a conocernos de aquellas que quizá seguimos utilizando sin haberlas examinado suficientemente.

Cómo influyen las opiniones de los demás en la imagen que tenemos de nosotros

Durante nuestra infancia aprendemos muchas cosas sobre nuestras características a través de las relaciones con otras personas. Los adultos nos explican qué hacemos bien, nos corrigen cuando nos equivocamos y expresan opiniones sobre nuestra manera de comportarnos. Más adelante, las amistades, las parejas y otros entornos sociales también contribuyen a ampliar la información que tenemos sobre nosotros mismos.

En psicología existe un concepto relacionado con este proceso: las valoraciones reflejadas. Se refiere a la influencia que puede tener en nuestra imagen personal lo que creemos que otras personas piensan sobre nosotros.

Lo interesante es que no siempre reaccionamos únicamente ante lo que alguien ha dicho. También interviene nuestra interpretación de sus palabras, la importancia que concedemos a esa persona y la idea que ya teníamos sobre nosotros.

Por ejemplo, cuando un profesor comenta que un alumno tiene dificultades para expresarse oralmente, el estudiante puede entender que necesita practicar una habilidad concreta. Pero también podría interpretar que nunca será capaz de hablar bien delante de otras personas. En este segundo caso, una observación sobre una dificultad determinada se convierte en una conclusión mucho más amplia sobre sus capacidades.

Las investigaciones sobre el desarrollo del autoconcepto, como las recogidas por Susan Harter, muestran que las relaciones sociales y las valoraciones que recibimos forman parte de los procesos mediante los que desarrollamos nuestra percepción personal. Eso no significa que aceptemos pasivamente todas las opiniones ajenas ni que estas determinen de manera inevitable nuestra autoestima.

Las personas también evaluamos lo que nos dicen, lo contrastamos con nuestras experiencias y modificamos nuestra manera de vernos a lo largo de la vida. Por eso, cuando recordamos una frase que alguien utilizaba para describirnos, resulta útil preguntarnos qué parte de aquella descripción procedía de una observación concreta y qué parte hemos terminado interpretando como una característica general de nuestra persona.

Una cosa es describir un comportamiento y otra definir a una persona

Imagina que llegas tarde a una cita. Alguien puede señalarte que ese día no has sido puntual. Es una observación sobre un comportamiento concreto y puede estar perfectamente justificada. Sin embargo, si te dice «eres un irresponsable», está utilizando una expresión mucho más amplia. Ya no se refiere únicamente a lo sucedido, sino que atribuye a tu persona una característica que parece definirte.

Lo mismo ocurre con expresiones como «eres un desastre», «siempre has sido un vago» o «nunca haces nada bien». En ellas, una dificultad, un error o una conducta determinada se presentan como si describieran cómo es alguien de manera general.

Desde la psicología del desarrollo se ha estudiado la diferencia entre los comentarios centrados en características personales y aquellos que se refieren a comportamientos, estrategias o esfuerzos.

Melissa Kamins y Carol Dweck investigaron cómo distintos tipos de elogios y críticas influían en las respuestas de niños pequeños ante las dificultades. En las situaciones estudiadas, los comentarios que evaluaban globalmente a la persona se asociaron con respuestas menos adaptativas frente a los contratiempos que los comentarios centrados en el proceso.

Estos resultados no permiten afirmar que una frase concreta vaya a determinar la autoestima de alguien durante toda su vida. Sí ayudan a comprender por qué conviene distinguir entre valorar lo que una persona hace y emitir juicios generales sobre lo que esa persona es.

Además, reconocer esta diferencia tampoco significa que debamos rechazar cualquier observación desfavorable. Si alguien nos señala que solemos retrasarnos, que interrumpimos durante las conversaciones o que nos cuesta cumplir determinados compromisos, puede estar describiendo un problema real que merece nuestra atención. La cuestión es que reconocer una dificultad no exige convertirla en una definición permanente de nuestra identidad.

Podemos necesitar mejorar nuestra organización sin considerarnos irresponsables en todos los aspectos de nuestra vida. También podemos tener dificultades para expresar nuestras emociones sin concluir que somos personas incapaces de relacionarnos.

Las etiquetas positivas también pueden quedarse pequeñas

Cuando hablamos de las frases que influyen en nuestra autoestima, solemos pensar en comentarios desagradables. Sin embargo, algunas descripciones aparentemente positivas también pueden condicionar la manera en que nos presentamos ante los demás.

Imagina que durante años tu familia te ha considerado una persona especialmente fuerte. Eres quien mantiene la calma cuando surge un problema, quien encuentra soluciones y quien suele ayudar a los demás cuando atraviesan dificultades.

Es posible que esa descripción reconozca capacidades reales y que te sientas satisfecho con ella. Pero ¿qué ocurre cuando eres tú quien necesita ayuda?

Si has terminado identificándote exclusivamente con el papel de persona fuerte, quizá te resulte difícil reconocer que estás cansado, que tienes miedo o que necesitas apoyo.

Algo parecido puede suceder con quien siempre ha sido considerado el inteligente de la familia. Esa característica puede convertirse en un motivo de satisfacción, pero también puede hacer que equivocarse resulte especialmente incómodo si la persona interpreta que debe demostrar continuamente su capacidad.

Las investigaciones de Claudia Mueller y Carol Dweck sobre el elogio de la inteligencia mostraron que, en determinadas condiciones experimentales, elogiar una capacidad como característica personal podía generar respuestas menos favorables ante las dificultades que reconocer el esfuerzo. Estos resultados proceden de estudios realizados con escolares y no deben extrapolarse automáticamente a todas las edades o situaciones.

Lo que nos interesa comprender es que incluso una característica que valoramos positivamente puede resultar limitante cuando sentimos que debemos representarla en todo momento.

Ser responsable no significa tener que encargarte de todo. Ser inteligente no implica acertar siempre, del mismo modo que tener fortaleza personal no exige ocultar las dificultades.

Las cualidades pueden formar parte de nuestra identidad sin convertirse en obligaciones permanentes. También podemos reconocer que poseemos determinadas capacidades y aceptar que habrá situaciones en las que necesitemos aprender, descansar o contar con otras personas.

Cuando sigues utilizando una descripción que ya no te representa

Javier tiene 49 años y todavía se presenta como una persona desorganizada. Durante su adolescencia solía olvidar materiales escolares, perdía objetos con frecuencia y dejaba algunas tareas para el último momento. En casa empezaron a llamarlo «el despistado» y, con el tiempo, la expresión se convirtió en una broma familiar que aparecía cada vez que cometía un descuido.

Actualmente Javier organiza las actividades de una asociación cultural, coordina encuentros y se ocupa de numerosas gestiones que requieren planificación. Sus compañeros lo consideran alguien bastante organizado, aunque él continúa diciendo que es un desastre cuando tiene que preparar cualquier cosa.

Cuando se olvida de responder un mensaje o pierde algún objeto, utiliza inmediatamente la misma expresión: «Ya sabes cómo soy, un desastre». Lo dice con naturalidad, incluso con humor, sin detenerse a pensar si esa descripción representa realmente su manera de desenvolverse.

La etiqueta que aprendió a utilizar sobre sí mismo contiene una parte de su historia. Durante una etapa tuvo dificultades para organizarse y es posible que todavía experimente despistes en determinadas circunstancias. Pero también cuenta con numerosas experiencias que muestran capacidades diferentes.

Podría reconocer que durante su adolescencia le costaba organizar sus tareas y que, con los años, ha desarrollado estrategias que le permiten planificarse mejor. Esa descripción tendría en cuenta sus dificultades sin ignorar lo que ha aprendido.

Podemos acostumbrarnos tanto a una manera de describirnos que dejamos de comprobar si representa adecuadamente nuestras características actuales. Además, algunas expresiones terminan formando parte de nuestras conversaciones habituales, de manera que las repetimos casi automáticamente, aunque ya no las consideremos del todo ciertas.

Ahora bien, que Javier escuchara aquella expresión durante años no demuestra que sus familiares sean responsables de cómo se valora actualmente. Tampoco podemos afirmar que sus dificultades para organizarse tuvieran su origen en los comentarios que recibía.

Lo que sí podemos observar es que continúa utilizando una etiqueta demasiado general para describirse, incluso cuando su comportamiento cotidiano ofrece información que permite matizarla.

Cómo reconocer las frases que has incorporado a tu manera de hablarte

Una pista interesante aparece cuando utilizamos expresiones muy generales para explicar nuestras características. Decimos «yo siempre he sido así», «eso nunca se me ha dado bien» o «soy de los que no saben hacer estas cosas». A veces son formas coloquiales de hablar, sin mayor importancia. En otras ocasiones expresan una valoración personal que apenas nos hemos detenido a examinar.

También puede ocurrir que sigamos utilizando las mismas palabras con las que nos describía alguien importante para nosotros. Quizá un familiar decía que teníamos demasiado carácter, mientras que otras personas consideran que sabemos defender nuestras opiniones. O tal vez nos acostumbramos a escuchar que éramos demasiado sensibles y ahora utilizamos esa expresión cada vez que algo nos afecta emocionalmente.

En estos casos merece la pena prestar atención a tres cuestiones:

La primera es el significado de la expresión. Decir que una persona es sensible puede referirse a que percibe con facilidad determinados cambios emocionales, que se conmueve intensamente o que reacciona de manera especial ante algunas situaciones. Son características diferentes, y una palabra tan general puede resultar insuficiente para describirlas.

La segunda es quién utilizaba esa descripción y en qué circunstancias. Una frase pronunciada durante una discusión no tiene necesariamente el mismo significado que una observación realizada con calma. Tampoco debemos olvidar que quien nos describía podía estar atravesando dificultades personales, sentirse desbordado o reaccionar desde la impaciencia.

Imagina a un niño que hace numerosas preguntas mientras su padre intenta resolver un problema complicado. Si el adulto está cansado o preocupado, podría responderle «eres un pesado» sin que esa expresión describa realmente una característica estable del niño. Quizá solo esté manifestando que, en ese momento, no dispone de paciencia para atenderlo.

Esto no significa que debamos atribuir automáticamente las palabras de los demás al estrés o a sus dificultades emocionales. En muchos casos desconocemos qué pensaban o sentían cuando hicieron aquellos comentarios y, además, la intención con la que alguien pronuncia una frase y el efecto que esa frase puede tener en quien la escucha son cuestiones diferentes.

Comprender las circunstancias de otra persona puede ayudarnos a interpretar sus palabras con mayor perspectiva, pero no nos obliga a justificarlas ni a negar que algunas pudieran resultar dolorosas.

La tercera cuestión es cómo utilizamos actualmente esa expresión. Puede que nos ayude a explicar una característica que reconocemos en nosotros, pero también podría llevarnos a descartar posibilidades o a juzgarnos de una manera demasiado rígida.

Quizá sigues diciendo que eres una persona poco sociable porque durante años te describieron así, aunque actualmente disfrutas de las reuniones con tus amistades. O puede que te presentes como alguien incapaz de aprender cosas nuevas cuando, en realidad, lo que te cuesta es desenvolverte en determinadas actividades que apenas has practicado.

Lo importante es examinar el significado que atribuimos a esas palabras, en lugar de aceptarlas o rechazarlas automáticamente.

Ejercicio práctico: descubre cómo hablas de ti en tu vida cotidiana

En las lecciones anteriores hemos reflexionado sobre algunas ideas que tenemos de nosotros mismos y sobre cómo nuestra historia personal puede haber influido en ellas.

Hoy vamos a hacer algo diferente.

En lugar de analizar únicamente lo que recuerdas, vas a observar durante dos o tres días cómo utilizas determinadas expresiones para describirte en tus conversaciones habituales. El objetivo es descubrir si recurres a etiquetas personales que podrían sustituirse por explicaciones más concretas sobre lo que haces, sientes o necesitas.

No necesitas escribir una autobiografía ni dedicar mucho tiempo a esta actividad. Puedes utilizar una pequeña nota en el móvil o una hoja de papel y registrar únicamente aquellas situaciones que te llamen la atención.

Paso 1. Elige una expresión que suelas utilizar para describirte

Piensa en alguna frase que acostumbres a decir sobre ti, especialmente cuando cometes un error, afrontas una dificultad o explicas una característica personal.

Puede ser una expresión que aprendiste de otras personas o una manera de hablar que has ido adoptando con los años.

Por ejemplo:

  • «Soy un desastre».
  • «Es que soy demasiado sensible».
  • «Nunca he tenido paciencia».
  • «Yo para estas cosas soy muy torpe».
  • «Siempre tengo que ser el fuerte».
  • «No se me da bien hablar con la gente».

No necesitas elegir una frase especialmente negativa. También puedes observar alguna descripción positiva que sientas que debes mantener en todo momento, como «yo siempre puedo con todo».

Escoge una sola expresión para que resulte más fácil reconocer cuándo aparece.

Paso 2. Observa cuándo aparece durante los próximos días

Durante dos o tres días, presta atención a las situaciones en las que utilizas esa frase, ya sea al hablar con otras personas o cuando piensas sobre ti.

No hace falta estar pendiente constantemente de tus palabras. Basta con anotar alguna ocasión en la que reconozcas que has utilizado la expresión elegida.

Puedes registrar tres detalles:

  • Qué ocurrió: la situación que dio lugar al comentario.
  • Qué dijiste: la expresión que utilizaste para describirte.
  • Qué estabas intentando explicar: un error, una dificultad, una emoción o alguna otra circunstancia.

Imagina que has elegido la frase «soy un desastre» y descubres que la dices después de olvidar una cita, equivocarte al preparar una receta o dejar las llaves en un lugar distinto del habitual.

Al revisar tus anotaciones, quizá observes que utilizas la misma expresión para situaciones que tienen poco que ver entre sí. También puedes descubrir que la repites por costumbre, especialmente cuando quieres quitar importancia a un descuido delante de otras personas.

No necesitas contar cuántas veces aparece ni convertir la actividad en una vigilancia de tu comportamiento. Nos interesa reconocer cómo utilizas esa descripción y qué significado adquiere en situaciones reales.

Paso 3. Distingue lo que ocurrió de cómo te describiste

Revisa una de las situaciones que has anotado y pregúntate si la expresión que utilizaste describe con precisión lo sucedido.

Por ejemplo, si olvidaste devolver una llamada y dijiste «soy un desastre», piensa qué información aporta realmente esa frase.

¿Significa que tienes dificultades para organizar tus llamadas? ¿Que estabas ocupado y se te pasó responder? ¿O que has convertido un descuido concreto en una descripción general de tu persona?

Quizá descubras que una expresión que utilizas con mucha frecuencia apenas explica lo que ha ocurrido.

También puede suceder que identifiques una dificultad que se repite y que merece tu atención. Si olvidas compromisos con frecuencia, por ejemplo, puede resultar útil revisar cómo te organizas. Pero reconocer ese problema no exige considerarte una persona incapaz de cumplir responsabilidades.

La finalidad de este paso no es buscar una explicación favorable para todo lo que haces, sino aprender a describir tus comportamientos sin convertir automáticamente cada uno de ellos en una valoración general sobre ti.

Paso 4. Prueba una manera diferente de expresarte

La próxima vez que aparezca una situación parecida, intenta explicar lo que sucede sin recurrir automáticamente a la etiqueta que has elegido.

No necesitas preparar una frase positiva ni repetir afirmaciones en las que no crees. Basta con utilizar palabras que describan con mayor precisión lo que ha ocurrido.

Por ejemplo, en lugar de decir «soy un desastre, siempre se me olvida todo», podrías explicar: «Se me ha olvidado esta gestión; voy a apuntarla para acordarme la próxima vez».

Si acostumbras a decir «soy demasiado sensible» cuando algo te afecta, podrías expresar: «Ese comentario me ha dolido y necesito pensar cómo responder». De esta manera, estás hablando de una reacción emocional concreta sin atribuirte una característica negativa.

Algo parecido sucede con las etiquetas positivas. Si sueles decir «yo puedo con todo» cuando otras personas te piden ayuda, quizá puedas responder: «Puedo ocuparme de esto, pero ahora necesito terminar lo que estoy haciendo».

En todos estos ejemplos estamos describiendo una situación, una capacidad o una necesidad sin recurrir a una afirmación que pretenda definirnos por completo.

Después de probarlo, observa cómo te has sentido y si has conseguido comunicar lo que querías explicar. Tal vez descubras que la nueva expresión te resulta más natural de lo que esperabas, o puede que al principio te cueste encontrar otras palabras porque llevas mucho tiempo utilizando la misma fórmula.

No pasa nada si vuelves a emplear tu expresión habitual. El ejercicio no consiste en prohibirte determinadas palabras, sino en ampliar las formas que tienes de hablar sobre ti para que tus descripciones sean más precisas y menos limitantes.

Cuando terminen los dos o tres días, dedica unos minutos a revisar tus anotaciones. Pregúntate si has descubierto alguna expresión que utilizas por costumbre, si describe adecuadamente tu comportamiento y si te gustaría seguir prestando atención a cómo la empleas.

Puede que una pequeña modificación en tu manera de expresarte no cambie inmediatamente lo que sientes sobre ti. Sin embargo, observar tu lenguaje cotidiano puede ayudarte a reconocer valoraciones que antes repetías sin cuestionarlas y a encontrar formas más ajustadas de comunicar tus dificultades y capacidades.

No necesitas rechazar todo lo que otros han dicho sobre ti

Las opiniones ajenas pueden ayudarnos a reconocer cualidades que no habíamos identificado, advertir dificultades que necesitamos atender o comprender cómo nos comportamos en determinadas relaciones.

Por eso, revisar las frases que hemos escuchado no consiste en concluir que los demás estaban equivocados ni en considerar que cualquier crítica resulta perjudicial.

También podemos descubrir que ciertas descripciones son bastante acertadas y continúan ayudándonos a conocernos.

La cuestión es aprender a utilizarlas con criterio, recordando que una característica personal no explica por sí sola toda nuestra manera de pensar, sentir y actuar.

Si alguien te describió como una persona tímida, quizá reconociera una dificultad real para desenvolverte en determinados ambientes. Pero eso no significa que debas seguir identificándote de la misma manera en todas tus relaciones.

Y si durante años te consideraron alguien especialmente responsable, puedes reconocer esa cualidad sin pensar que tienes que asumir cualquier obligación que aparezca.

Conocernos mejor implica distinguir entre la información que otras personas pueden aportarnos y las conclusiones generales que elaboramos sobre nuestra propia identidad.

También supone aceptar que algunas opiniones pueden resultar útiles en determinados momentos y dejar de representar adecuadamente nuestra manera de actuar cuando adquirimos nuevas experiencias o cambian nuestras circunstancias.

Puedes conservar una cualidad sin quedarte encerrado en una etiqueta

A lo largo de la vida escuchamos numerosas opiniones sobre nuestras capacidades, nuestro carácter y nuestra manera de relacionarnos. Algunas nos ayudan a comprendernos y otras pueden resultar demasiado generales para describir adecuadamente quiénes somos.

Con el tiempo, determinadas expresiones llegan a parecernos tan familiares que dejamos de preguntarnos qué significan realmente. Las utilizamos para explicar nuestras decisiones, justificar nuestras dificultades o presentar nuestras características ante otras personas.

Revisarlas no exige negar lo que hemos vivido ni modificar artificialmente nuestra personalidad. Consiste en comprobar si esas palabras continúan representándonos y reconocer los matices que quizá habíamos dejado fuera.

Cuando vuelvas a describirte utilizando una expresión que has escuchado muchas veces, puedes preguntarte de dónde procede, qué parte de tu experiencia refleja y si existe una manera más precisa de explicar esa característica.

Tal vez descubras que algunas palabras siguen siendo útiles, mientras que otras necesitan una descripción más completa. En ambos casos, habrás aprendido algo importante sobre la manera en que te conoces: las opiniones que recibimos pueden formar parte de nuestra historia, pero nuestra identidad no tiene por qué quedar reducida a las palabras que otras personas utilizaron para describirnos.

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▼ Recursos Adicionales

Lecturas y estudios en los que se basa este artículo

Harter, S. (2012). The Construction of the Self: Developmental and Sociocultural Foundations (2.ª edición). Guilford Press. Obra de referencia sobre el desarrollo del autoconcepto, la autoestima y la influencia del entorno social en la construcción de las representaciones personales.

Wallace, H. M. y Tice, D. M. (2012). Reflected Appraisal through a 21st-Century Looking Glass. En M. R. Leary y J. P. Tangney (eds.), Handbook of Self and Identity (2.ª edición, pp. 124-140). Guilford Press. Revisión teórica sobre la influencia de las valoraciones reflejadas en la construcción de la imagen personal.

Kamins, M. L. y Dweck, C. S. (1999). Person Versus Process Praise and Criticism: Implications for Contingent Self-Worth and Coping. Developmental Psychology, 35(3), 835-847. Investigación experimental sobre las diferencias entre comentarios centrados en la persona y comentarios centrados en sus comportamientos o procesos.

Mueller, C. M. y Dweck, C. S. (1998). Praise for Intelligence Can Undermine Children’s Motivation and Performance. Journal of Personality and Social Psychology, 75(1), 33-52. Estudio sobre los efectos de distintos tipos de elogios en las respuestas de escolares ante las dificultades.




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