Cómo influye tu historia personal en la forma en que te ves hoy

Hay personas que se consideran poco inteligentes a pesar de haber resuelto problemas complicados durante toda su vida. Otras se describen como tímidas, aunque mantienen buenas relaciones y conversan con naturalidad cuando se encuentran a gusto. También hay quienes se sienten incapaces de tomar decisiones importantes, pese a que llevan años ocupándose de su familia, su economía o su trabajo.

¿Cómo se explica esa diferencia entre lo que una persona es capaz de hacer y la imagen que tiene de sí misma?

Una parte de la respuesta puede encontrarse en nuestra historia personal. Desde pequeños vamos aprendiendo cosas sobre nosotros a través de nuestras experiencias, las relaciones que mantenemos y las interpretaciones que hacemos de lo que nos sucede. Algunas de esas conclusiones siguen siendo útiles muchos años después, mientras que otras pueden dejar de representar adecuadamente nuestras capacidades o circunstancias.

La imagen que tenemos de nosotros mismos se construye a lo largo de la vida y, precisamente por eso, también puede modificarse. Comprender cómo se ha formado nos ayuda a reconocer qué aspectos de nuestra manera de vernos responden a nuestra realidad actual y cuáles merecería la pena revisar.

Cómo una experiencia puede influir en la idea que tienes de ti

Imagina a un niño que tiene dificultades para aprender matemáticas. Estudia, se esfuerza y, aun así, obtiene peores resultados que algunos de sus compañeros. Esa es su experiencia: una asignatura le resulta difícil. Sin embargo, a partir de ella puede desarrollar interpretaciones muy diferentes. Quizá llegue a la conclusión de que necesita más tiempo para comprender ciertos conceptos, o puede empezar a pensar que es menos inteligente que los demás.

La diferencia es importante. En el primer caso reconoce una dificultad concreta; en el segundo, utiliza esa dificultad para realizar una valoración mucho más amplia de sus capacidades.

Algo parecido sucede durante la vida adulta. Una mujer que ha pasado muchos años ocupándose de las necesidades familiares puede descubrir que es extraordinariamente resolutiva y responsable. Pero también puede acostumbrarse a considerar que sus propias necesidades tienen menos importancia que las de los demás.

Un hombre que ha trabajado durante décadas en un oficio puede sentirse muy competente en su profesión y, al mismo tiempo, considerarse poco preparado para participar en conversaciones sobre asuntos que desconoce.

Las experiencias nos proporcionan información sobre nosotros, pero las conclusiones que extraemos de ellas no siempre reflejan todas nuestras capacidades.

Además, esas interpretaciones dependen del contexto. Las oportunidades que tuvimos, el apoyo recibido, las responsabilidades que asumimos y las dificultades que atravesamos también influyen en lo que pudimos hacer.

Por eso, cuando intentamos comprender cómo se ha formado nuestra autoestima, conviene distinguir tres elementos: lo que ocurrió, las circunstancias en las que sucedió y lo que llegamos a pensar sobre nosotros a partir de aquella experiencia.

Esta distinción puede ayudarnos a entender por qué seguimos atribuyéndonos determinadas características, incluso cuando nuestra vida ha cambiado considerablemente.

Por qué algunas ideas sobre nosotros siguen influyendo años después

Supongamos que una persona lleva mucho tiempo considerándose poco interesante. Cuando participa en una conversación, quizá preste especial atención a los momentos en los que alguien parece distraído. Si otra persona cambia de tema, puede interpretarlo como una señal de que lo que estaba contando no tenía importancia. Sin embargo, probablemente también haya vivido conversaciones agradables, momentos de complicidad y situaciones en las que otras personas han mostrado interés por conocerla.

¿Por qué algunas experiencias parecen confirmar inmediatamente la imagen que tenemos de nosotros, mientras que otras apenas consiguen modificarla?

La psicóloga Hazel Markus estudió este fenómeno mediante el concepto de autoesquemas: estructuras de conocimiento sobre nosotros mismos que desarrollamos a partir de nuestras experiencias y que influyen en cómo procesamos la información relacionada con nuestra persona.

Estos esquemas nos ayudan a organizar lo que sabemos de nosotros, pero también pueden favorecer que prestemos más atención a determinados aspectos de nuestra experiencia o que nos resulte difícil incorporar información que contradice una idea muy arraigada.

Y existe otra cuestión importante: la forma en que nos vemos también puede influir en lo que hacemos.

Volvamos a la persona que se considera poco interesante. Si anticipa que sus intervenciones resultarán aburridas, quizá prefiera permanecer callada, rechace algunas invitaciones o evite iniciar conversaciones.

Como participa menos, también dispone de menos oportunidades para descubrir cómo se desenvolvería si actuase con mayor espontaneidad. En determinadas circunstancias, incluso puede ocurrir que su actitud reservada sea interpretada por los demás como falta de interés, reforzando así la impresión inicial.

Se forma entonces un círculo difícil de reconocer: una idea sobre nosotros influye en nuestro comportamiento y ese comportamiento puede contribuir a que sigamos considerando válida la misma idea.

Naturalmente, esto no significa que todas las dificultades en nuestras relaciones sean consecuencia de nuestra inseguridad. Existen situaciones reales de rechazo, entornos poco acogedores y personas con las que sencillamente no conectamos.

El objetivo es comprender que nuestra imagen personal puede influir tanto en la interpretación de lo que vivimos como en las oportunidades que nos damos para vivir experiencias diferentes.

La historia que recuerdas también depende de cómo la interpretas

Hay otra forma en la que nuestra trayectoria personal influye en la autoestima: el relato que construimos sobre nuestra propia vida. El psicólogo Dan P. McAdams ha estudiado cómo las personas organizamos nuestras experiencias en narraciones que contribuyen a dar continuidad y significado a nuestra identidad. No hace falta escribir una autobiografía para hacerlo. Utilizamos pequeñas historias sobre nosotros continuamente.

«Yo siempre he tenido que arreglármelas solo», «nunca he sido bueno estudiando» o «en mi familia era el que tenía que ocuparse de todo» son formas de explicar quiénes somos a partir de lo que hemos vivido.

Estas narraciones pueden contener observaciones muy acertadas, pero también pueden dejar fuera circunstancias importantes.

Pensemos en alguien que abandonó los estudios a los diecisiete años para comenzar a trabajar. Durante mucho tiempo ha considerado que aquella decisión demuestra que nunca tuvo capacidad para estudiar.

Sin embargo, cuando examina las circunstancias de esa etapa, reconoce que su familia atravesaba dificultades económicas y que comenzar a trabajar respondía también a la necesidad de contribuir a los gastos de casa.

Dejar los estudios fue un acontecimiento real. Las dificultades económicas también lo fueron. Pero concluir que aquella decisión demuestra una falta general de capacidad intelectual es una interpretación que no se desprende necesariamente de lo sucedido.

Quizá, años después, esa persona descubra que disfruta aprendiendo cosas nuevas, que se desenvuelve bien en actividades que requieren concentración o que ha adquirido conocimientos complejos por su cuenta.

Revisar nuestra historia personal puede ayudarnos a distinguir entre lo que vivimos y el significado que hemos ido atribuyendo a esas experiencias.

No necesitamos idealizar el pasado ni encontrar explicaciones favorables para todo. A veces cometimos errores, tomamos decisiones poco acertadas o actuamos de maneras que hoy cambiaríamos. Reconocerlo también forma parte de una valoración realista.

La diferencia está en comprender que una decisión equivocada, una dificultad o una etapa especialmente complicada no tienen por qué convertirse en una descripción definitiva de nuestra persona.

Comprender tu historia no significa dejar de sentir inseguridad

Carmen tiene 54 años y durante buena parte de su vida dejó en manos de su pareja muchas decisiones económicas y familiares. No estaba acostumbrada a participar en determinados asuntos y terminó convenciéndose de que carecía de criterio para resolverlos.

Tras su separación tuvo que comenzar a ocuparse de cuestiones que hasta entonces apenas había gestionado. Aprendió a organizar sus cuentas, realizar trámites administrativos, negociar contratos y tomar decisiones que inicialmente le parecían difíciles.

Con el tiempo desarrolló una autonomía considerable. Sin embargo, cuando sus hijos adultos le piden que opine sobre una decisión familiar importante, Carmen suele quedarse callada. Tiene una opinión formada, pero teme que los demás consideren que no sabe lo suficiente.

En su vida cotidiana ha demostrado que puede desenvolverse de manera independiente. Aun así, cuando tiene que expresar su criterio delante de personas cuya opinión le importa, continúa experimentando inseguridad.

El ejemplo ilustra una diferencia que a veces pasamos por alto: saber que somos capaces de hacer algo no siempre significa sentirnos seguros al hacerlo.

Carmen puede reconocer racionalmente que ha aprendido a resolver problemas y continuar sintiendo nerviosismo ante determinadas conversaciones. La comprensión intelectual y la respuesta emocional no tienen por qué cambiar al mismo tiempo.

Albert Bandura, en sus investigaciones sobre la autoeficacia, destacó la importancia de las experiencias de dominio personal para desarrollar nuestras expectativas de capacidad. La autoeficacia se refiere a lo que creemos que podemos hacer ante determinadas tareas o situaciones; no es exactamente lo mismo que la autoestima, aunque ambos conceptos pueden relacionarse.

En términos cotidianos, esto significa que pensar de una manera diferente sobre nuestras capacidades puede ayudarnos, pero también necesitamos oportunidades para comprobar qué podemos hacer realmente.

Por ejemplo, Carmen podría comenzar expresando su opinión en una conversación familiar sencilla, sin exigirse convencer a nadie ni conseguir que todos estén de acuerdo.

Tal vez continúe sintiéndose nerviosa. Quizá alguien cuestione su propuesta. Pero podrá observar que es capaz de participar, explicar sus razones y tolerar que otras personas piensen de otra manera.

Esa experiencia puede proporcionarle información que no obtendría únicamente repitiéndose que debe confiar más en sí misma.

Por supuesto, actuar de manera diferente tiene sentido cuando la situación es razonablemente segura y la persona puede decidir libremente cómo participar. Nadie necesita exponerse a humillaciones, conflictos perjudiciales o relaciones abusivas para demostrar su capacidad.

Mujer escribiendo en un cuaderno junto a una lista ilustrada de cuatro pasos para reflexionar sobre sus creencias personales, comprender su origen y comprobar si siguen reflejando su realidad actual.

Ejercicio práctico: ¿sigue siendo cierta la idea que tienes de ti?

Durante las dos primeras semanas de Autoestima Consciente 365 hemos explorado cómo nos valoramos, qué recursos reconocemos y en qué situaciones aparecen nuestras inseguridades. Ahora vamos a observar si alguna de esas valoraciones está relacionada con experiencias de otras etapas de nuestra vida.

El ejercicio es sencillo y puedes realizar su primera parte en unos diez minutos. No necesitas reconstruir toda tu infancia ni recordar acontecimientos dolorosos. Elige una característica cotidiana que te gustaría comprender mejor. Si algún recuerdo te produce un malestar intenso, puedes dejar el ejercicio o trabajar con una situación más reciente y menos delicada.

1. Identifica una idea que suelas tener sobre ti

Piensa en alguna característica que utilices frecuentemente para describirte.

Por ejemplo:

  • «Me cuesta tomar decisiones».
  • «Soy una persona poco sociable».
  • «Siempre tengo que hacerlo todo yo».
  • «Me resulta difícil pedir ayuda».
  • «No soy bueno aprendiendo cosas nuevas».

Escribe una sola frase. Conviene elegir algo concreto para poder examinarlo con claridad.

2. Pregúntate qué experiencias pueden haber influido en esa idea

Piensa en alguna etapa de tu vida en la que esa característica tuviera especial importancia. Quizá te acostumbraste a consultar todas tus decisiones porque durante años otras personas se encargaban de determinados asuntos. O puede que te consideres poco sociable porque atravesaste una época en la que te costaba relacionarte.

Intenta recordar también las circunstancias de entonces. ¿Disponías de las mismas oportunidades que tienes ahora? ¿Contabas con apoyo? ¿Tenías otras responsabilidades que condicionaban tu manera de actuar?

No necesitas encontrar el origen exacto de esa idea. Basta con comprender mejor algunas de las experiencias que pueden haber contribuido a formarla.

3. Comprueba si describe adecuadamente tu vida actual

Busca una situación reciente que parezca confirmar esa característica y otra que permita matizarla. Por ejemplo, quizá continúas sintiendo inseguridad al tomar decisiones económicas importantes, pero organizas sin dificultad numerosas cuestiones de tu vida cotidiana. O puede que te cueste relacionarte con desconocidos y, sin embargo, disfrutes conversando con tus amistades. o que buscamos es una descripción más precisa. En lugar de «soy incapaz de tomar decisiones», podrías escribir: «Me siento inseguro cuando tengo que decidir sobre asuntos que desconozco, pero resuelvo con autonomía muchas otras cuestiones».

No hace falta transformar una dificultad en una virtud ni obligarte a encontrar pruebas positivas. Se trata de observar qué parte de tu descripción se corresponde con la realidad y qué parte resulta demasiado general.

4. Pon a prueba esa idea en una situación cotidiana

Hasta ahora has reflexionado sobre cómo te describes y qué experiencias pueden haber influido en esa valoración. El siguiente paso consiste en comprobar qué sucede cuando actúas de una manera diferente a la que acostumbras.

Elige una acción pequeña, concreta y que puedas realizar de forma voluntaria en una situación donde te sientas razonablemente seguro.

Por ejemplo, si sueles pensar que no sabes tomar decisiones, puedes elegir por tu cuenta cómo organizar una actividad que normalmente dejarías en manos de otra persona. Si crees que tus opiniones no son interesantes, quizá puedas intervenir en una conversación agradable en lugar de permanecer callado por miedo a equivocarte.

No necesitas afrontar una situación especialmente difícil. De hecho, es preferible comenzar por algo sencillo que forme parte de tu vida habitual.

Antes de hacerlo, pregúntate qué esperas que ocurra. Tal vez anticipes que tomarás una decisión equivocada, que alguien cuestionará tu opinión o que te sentirás demasiado nervioso.

Después de realizar la acción, dedica unos minutos a observar lo sucedido:

  • ¿Qué esperaba que ocurriera? Recuerda cuál era tu preocupación inicial.
  • ¿Qué ocurrió realmente? Describe los hechos, intentando distinguirlos de tus interpretaciones.
  • ¿Qué he aprendido? Piensa si la experiencia confirma tu idea inicial, la contradice o te permite comprenderla de una manera más precisa.

Imagina que decides expresar tu opinión y alguien no está de acuerdo contigo. Eso no significa que hayas fracasado ni demuestra que tu opinión carezca de valor. Puedes haber descubierto que eres capaz de participar en una conversación, explicar tus razones y aceptar que otras personas tengan puntos de vista diferentes.

También puede suceder que sigas sintiéndote inseguro después de hacerlo. Es completamente posible comprender que puedes afrontar una situación y continuar experimentando nerviosismo cuando vuelve a presentarse.

Lo importante es que ya no estás valorando tus capacidades únicamente a partir de lo que crees sobre ti, sino que empiezas a incorporar información procedente de tus experiencias actuales.

Si hoy no tienes ocasión de realizar esa pequeña acción, puedes dejarla planteada para los próximos días. No se trata de superar una prueba ni de obligarte a sentirte seguro, sino de descubrir qué ocurre cuando te das la oportunidad de actuar sin dejar que tus dudas decidan siempre por ti.

Tu historia forma parte de ti, pero tu vida ha seguido avanzando

Las experiencias que hemos vivido contribuyen a nuestra manera de pensar, sentir y actuar. Algunas nos han permitido desarrollar capacidades importantes; otras han influido en las dudas que mantenemos sobre nosotros mismos.

Comprender nuestra trayectoria puede ayudarnos a reconocer de dónde proceden determinadas valoraciones personales, pero también a descubrir cuándo empezamos a dar por ciertas conclusiones que quizá nunca examinamos con detenimiento.

La investigación sobre el desarrollo de la autoestima muestra que nuestra valoración personal presenta cierta estabilidad, aunque también puede experimentar cambios a lo largo de la vida.

Y eso tiene una consecuencia práctica: merece la pena tener en cuenta tanto lo que hemos vivido como las capacidades y experiencias que hemos desarrollado desde entonces.

Quizá sigas considerándote una persona insegura porque durante muchos años te costó desenvolverte en determinadas situaciones. Pero también es posible que hoy tengas recursos que entonces no habías adquirido, que tus circunstancias sean diferentes o que hayas descubierto habilidades que apenas conocías.

Cuando vuelvas a describirte de una manera que te limite, puedes hacerte una pregunta: «¿Esto sigue representando cómo soy y lo que puedo hacer actualmente, o estoy utilizando una conclusión que formé en otras circunstancias?».

No siempre encontrarás una respuesta inmediata. Pero aprender a distinguir tus experiencias de las interpretaciones que haces sobre ellas puede ayudarte a construir una imagen personal más completa y ajustada a tu realidad.

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▼ Recursos Adicionales

Lecturas y estudios en los que se basa este artículo

  • Markus, H. (1977). Self-schemata and processing information about the self. Journal of Personality and Social Psychology, 35(2), 63-78. Investigación sobre la formación de autoesquemas y su influencia en el procesamiento de información personal.
  • McAdams, D. P. (2001). The psychology of life stories. Review of General Psychology, 5(2), 100-122. Desarrollo del modelo de identidad narrativa y del papel de los relatos personales en nuestra comprensión de nosotros mismos.
  • Bandura, A. (1977). Self-efficacy: Toward a unifying theory of behavioral change. Psychological Review, 84(2), 191-215. Fundamentos de la teoría de la autoeficacia y de la influencia de las experiencias de dominio en las expectativas de capacidad.
  • Wells, A., Clark, D. M., Salkovskis, P., Ludgate, J., Hackmann, A. y Gelder, M. (1995). Social phobia: The role of in-situation safety behaviors in maintaining anxiety and negative beliefs. Behavior Therapy, 26(1), 153-161. Estudio sobre cómo determinadas conductas de seguridad pueden contribuir a mantener expectativas negativas en situaciones sociales.
  • Orth, U. y Robins, R. W. (2014). The development of self-esteem. Current Directions in Psychological Science, 23(5), 381-387. Revisión de investigaciones longitudinales sobre la estabilidad y los cambios de la autoestima a lo largo de la vida.



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