Imagina a una mujer que dirige un equipo de trabajo. Cada mañana organiza tareas, resuelve problemas, toma decisiones importantes y se enfrenta a situaciones que exigirían bastante esfuerzo a otras personas. Sus compañeros confían en su criterio y ella sabe desenvolverse incluso cuando surgen imprevistos. No necesita que alguien supervise constantemente lo que hace ni que confirme cada una de sus decisiones.
Sin embargo, cuando llega a casa, esa misma mujer puede sentirse completamente diferente. Si su pareja se muestra distante, comienza a preguntarse si ha hecho algo mal. Le cuesta expresar lo que necesita, teme provocar una discusión y, en ocasiones, prefiere callarse antes que arriesgarse a recibir una respuesta que pueda hacerle daño.
¿Cómo es posible que alguien tan seguro en su vida profesional experimente tanta inseguridad en sus relaciones personales? ¿Acaso su confianza en el trabajo es una apariencia? ¿Tiene una autoestima saludable durante el día y una autoestima baja cuando llega a casa?
No necesariamente. Lo que ocurre es que la seguridad personal no funciona de manera uniforme en todos los ámbitos de nuestra vida. Podemos sentirnos capaces, preparados y autónomos en determinadas situaciones y experimentar dudas importantes en otras. Para comprender estas diferencias necesitamos examinar no solo nuestras capacidades, sino también las experiencias que hemos acumulado, las condiciones de cada situación y el significado emocional que atribuimos a lo que está ocurriendo.
La seguridad personal no funciona igual en todos los ámbitos
Solemos hablar de la confianza en uno mismo como si fuera una característica general que algunas personas poseen en abundancia y otras apenas han conseguido desarrollar. Decimos que alguien es muy seguro, que otra persona tiene poca confianza o que necesitamos aprender a creer más en nosotros mismos.
Sin embargo, estas expresiones pueden resultar imprecisas porque nuestra percepción de capacidad no tiene por qué ser la misma ante todas las actividades y circunstancias.
Puedes sentirte perfectamente preparado para organizar un viaje, administrar tu economía o solucionar un problema informático y, al mismo tiempo, experimentar inseguridad cuando necesitas expresar un desacuerdo, conocer gente nueva o tomar una decisión que afectará a una persona importante para ti.
Esta diferencia tiene relación con un concepto fundamental en psicología: la autoeficacia, desarrollado por el psicólogo Albert Bandura.
La autoeficacia se refiere a las creencias que tenemos sobre nuestra capacidad para realizar determinadas acciones y afrontar las exigencias de una situación. No consiste simplemente en pensar que somos personas capaces, sino en valorar si contamos con los recursos necesarios para desenvolvernos ante una tarea concreta.
Bandura explicó que estas creencias no constituyen un rasgo único y universal. Podemos desarrollar una percepción elevada de eficacia en determinados ámbitos y una mucho menor en otros. Incluso dentro de una misma actividad, nuestra confianza puede variar dependiendo de su dificultad y de las condiciones en las que debemos realizarla.
Por ejemplo, una persona puede sentirse cómoda hablando ante sus compañeros habituales y experimentar nerviosismo si tiene que presentar el mismo trabajo delante de un tribunal desconocido. Sus conocimientos no han desaparecido, pero las exigencias que percibe en la situación han cambiado.
También podemos encontrarnos con el caso contrario al de nuestra protagonista inicial. Una persona puede sentirse emocionalmente segura en su relación de pareja, expresar sus necesidades con naturalidad y afrontar los desacuerdos sin experimentar un temor excesivo al rechazo. Sin embargo, cuando llega a su puesto de trabajo, puede comenzar a dudar de sus capacidades, temer las evaluaciones de sus superiores o sentirse intimidada ante la posibilidad de cometer un error.
No existe, por tanto, un ámbito universalmente seguro y otro necesariamente asociado a la inseguridad. La confianza que experimentamos depende de la interacción entre nuestras capacidades percibidas, nuestras experiencias y las condiciones concretas en las que necesitamos desenvolvernos.
Por eso, cuando alguien afirma «soy una persona insegura», conviene preguntarse si realmente experimenta esa inseguridad en todos los aspectos de su vida o si está utilizando una dificultad concreta para describirse de manera global.
Sentirte inseguro ante determinadas circunstancias no significa que carezcas de confianza en todas las demás.
¿Por qué te sientes seguro en unas situaciones e inseguro en otras?
La confianza que experimentamos depende de numerosos factores que pueden combinarse de maneras diferentes. No existe una explicación única para todas las personas, pero podemos identificar algunos elementos que ayudan a comprender por qué nuestra seguridad cambia según el contexto.
La experiencia y el aprendizaje
Una de las diferencias más importantes entre las situaciones en las que nos sentimos seguros y aquellas que nos generan inseguridad está relacionada con nuestra experiencia.
Cuando llevamos años realizando una actividad, hemos tenido oportunidades de practicarla, corregir errores y comprobar qué estrategias funcionan. Esa experiencia nos proporciona información sobre nuestras capacidades y sobre las dificultades que podemos encontrar.
Imagina a alguien que conduce habitualmente por su ciudad. Conoce las calles, está acostumbrado al tráfico y sabe reaccionar ante muchas situaciones cotidianas. Probablemente no necesite pensar demasiado antes de ponerse al volante.
Sin embargo, si debe conducir por primera vez en un país donde se circula por el lado contrario de la carretera, puede experimentar una inseguridad considerable. No ha olvidado cómo conducir, pero necesita adaptarse a condiciones diferentes y todavía no dispone de la misma experiencia.
Algo semejante puede ocurrir en nuestras relaciones. Una persona puede haber desarrollado excelentes habilidades profesionales porque ha tenido numerosas oportunidades de practicarlas, pero contar con menos experiencia a la hora de expresar sus necesidades emocionales o afrontar determinados desacuerdos.
Esto no significa que sea incapaz de hacerlo. Significa que haber aprendido a desenvolvernos bien en un ámbito no garantiza que hayamos desarrollado las mismas habilidades en todos los demás.
También conviene recordar que la experiencia no siempre aumenta la seguridad. Si una persona ha vivido repetidamente situaciones difíciles, imprevisibles o desagradables en un determinado contexto, puede anticipar nuevas dificultades incluso cuando dispone de recursos para afrontarlas.
Por tanto, no importa únicamente cuánto hemos practicado una actividad, sino también qué hemos aprendido de nuestras experiencias.
La importancia emocional de lo que está en juego
No todas las situaciones tienen el mismo significado para nosotros. Algunas pueden resultar incómodas o complicadas sin afectar especialmente a nuestra percepción personal, mientras que otras despiertan preocupaciones mucho más profundas.
Imagina que cometes un error al explicar un procedimiento a un compañero. Puede que te moleste, que tengas que rectificar o que sientas cierta vergüenza. Sin embargo, si consideras que equivocarte forma parte del trabajo, probablemente podrás afrontar la situación sin cuestionarte demasiado.
Ahora imagina que necesitas decirle a tu pareja que algo de su comportamiento te está haciendo daño. Sabes lo que quieres expresar, pero temes que se enfade, que interprete tus palabras como un reproche o que la conversación termine afectando a vuestra relación.
La dificultad ya no consiste únicamente en encontrar las palabras adecuadas. También interviene lo que crees que podría ocurrir si las cosas no salen como esperas.
Cuando una situación tiene una gran importancia afectiva, sus posibles consecuencias pueden adquirir un peso considerable. La preocupación por el rechazo, la desaprobación o la pérdida de una relación puede hacer que una conversación aparentemente sencilla resulte mucho más difícil de afrontar.
En las relaciones íntimas también pueden intervenir nuestros patrones de apego.
La teoría del apego, desarrollada inicialmente por John Bowlby y ampliada mediante las investigaciones de Mary Ainsworth, ofrece un marco para comprender cómo buscamos seguridad emocional en nuestras relaciones significativas. Posteriormente, Cindy Hazan y Phillip Shaver aplicaron este enfoque al estudio del amor romántico y las relaciones de pareja adultas.
Desde esta perspectiva, algunas personas pueden mostrar una mayor sensibilidad ante las señales de separación, distanciamiento o posible rechazo. En particular, una orientación de apego caracterizada por una ansiedad elevada puede relacionarse con una mayor preocupación por la disponibilidad emocional de la pareja y por la continuidad del vínculo.
Esto ayuda a comprender por qué alguien que se desenvuelve con tranquilidad en numerosos ámbitos puede experimentar una inseguridad intensa cuando percibe que una persona importante se está alejando.
Sin embargo, experimentar miedo al rechazo o preocuparse por la distancia emocional de una pareja no significa necesariamente tener un patrón de apego ansioso. Tampoco podemos deducir que esa reacción proceda de una experiencia infantil concreta.
Las experiencias tempranas pueden influir en nuestras expectativas relacionales, pero los vínculos posteriores y las circunstancias actuales también desempeñan un papel importante.
Una preocupación afectiva puede estar relacionada con experiencias previas de rechazo, conflictos sin resolver, incertidumbre sobre la relación o comportamientos reales de la otra persona que generan inseguridad.
Por tanto, no debemos interpretar automáticamente cualquier temor a perder una relación como una dificultad individual. Para comprender lo que ocurre necesitamos considerar tanto las características de la persona como la dinámica concreta del vínculo.
El entorno y las relaciones con los demás
El contexto en el que nos desenvolvemos puede favorecer nuestra confianza o dificultarla.
Hay ambientes donde sabemos qué se espera de nosotros, podemos hacer preguntas, expresar nuestras opiniones y reconocer errores sin temor a consecuencias desproporcionadas. En esas condiciones suele resultar más sencillo utilizar nuestras capacidades.
En otros lugares podemos sentirnos constantemente evaluados, cuestionados o sometidos a exigencias difíciles de anticipar.
Piensa en una persona que participa con naturalidad en las reuniones de su equipo habitual. Conoce a sus compañeros, sabe que sus aportaciones serán escuchadas y puede discutir distintas propuestas sin interpretar cada desacuerdo como un enfrentamiento personal.
Si esa misma persona comienza a trabajar con un superior que ridiculiza los errores, interrumpe constantemente y responde con hostilidad a las preguntas, es posible que termine hablando menos, revisando excesivamente sus intervenciones o dudando antes de expresar una idea.
Sus conocimientos pueden seguir siendo exactamente los mismos. Lo que ha cambiado es el entorno en el que necesita utilizarlos.
De hecho, el ámbito profesional puede convertirse en una fuente importante de inseguridad cuando existen condiciones de precariedad, evaluaciones constantes, exigencias desproporcionadas o relaciones laborales intimidantes. Una persona puede sentirse perfectamente valorada y respetada en su vida privada y, sin embargo, comenzar cada jornada de trabajo con la preocupación de cometer algún error que pueda tener consecuencias importantes.
Esta diferencia también aparece en las relaciones familiares, las amistades y la pareja. Podemos sentirnos cómodos mostrando determinadas partes de nuestra personalidad ante unas personas y experimentar mucha más reserva con otras.
En algunas relaciones, además, las experiencias repetidas pueden favorecer determinadas estrategias de protección.
Cuando expresar un desacuerdo ha provocado reiteradamente reacciones hostiles, descalificaciones o conflictos difíciles de manejar, una persona puede aprender a guardar silencio, ceder o intentar apaciguar a la otra para evitar nuevas consecuencias desagradables.
Estas conductas no siempre indican una falta de habilidades comunicativas. En ocasiones representan formas aprendidas de reducir la tensión o protegerse ante situaciones que se perciben como amenazantes.
No obstante, sería incorrecto interpretar cualquier silencio o comportamiento complaciente como una respuesta traumática. Callarse puede ser una decisión deliberada, una manera de evitar una discusión innecesaria, una reacción de cansancio o una estrategia de protección ante un entorno realmente intimidante.
Una conducta aparentemente idéntica puede responder a motivaciones y circunstancias muy diferentes.
Por eso, no todas nuestras reacciones pueden explicarse mediante la autoestima. La confianza interpersonal también depende de la conducta de los demás, de las experiencias compartidas y de las condiciones de seguridad y respeto que existen en cada relación.
A veces necesitamos desarrollar recursos personales, pero otras veces lo que está dificultando nuestra seguridad es el contexto en el que intentamos desenvolvernos.
Las expectativas y el miedo a equivocarnos
La confianza también puede cambiar dependiendo de lo que creemos que se espera de nosotros.
Una persona puede sentirse cómoda realizando una actividad cuando considera que tiene derecho a aprender, preguntar y equivocarse. Sin embargo, esa misma actividad puede convertirse en una fuente de inseguridad si interpreta que debe demostrar un rendimiento impecable.
Imagina a alguien que disfruta cocinando para su familia. Prueba recetas nuevas, improvisa y no se preocupa demasiado si un plato no sale exactamente como esperaba.
Ahora supongamos que tiene que preparar una cena para varias personas a las que considera especialmente exigentes. De pronto comienza a cuestionar cada decisión, revisa continuamente las cantidades y teme que cualquier pequeño error arruine la velada.
Su capacidad para cocinar no se ha reducido. Lo que ha cambiado es la interpretación de las consecuencias de equivocarse.
La presión por obtener un resultado determinado puede hacer que una actividad conocida se experimente de manera diferente. Esto no significa que toda inseguridad proceda del perfeccionismo, pero sí que nuestras expectativas influyen en cómo afrontamos determinadas situaciones.
Cuando sentimos que debemos demostrar constantemente nuestra capacidad, podemos dedicar una parte importante de nuestra atención a comprobar si estamos cumpliendo las expectativas, en lugar de concentrarnos únicamente en lo que necesitamos hacer.
La diferencia entre ser capaz y sentirse capaz
Este último factor merece especial atención porque solemos confundir dos experiencias que no siempre coinciden: disponer de una habilidad y confiar en nuestra capacidad para utilizarla.
Una persona puede tener los conocimientos necesarios para realizar una tarea y, aun así, experimentar dudas importantes. También puede sentirse muy segura de lo que hace sin disponer de todos los recursos necesarios para conseguir el resultado que espera.
La confianza subjetiva y la competencia real están relacionadas, pero no son equivalentes.
Imagina a dos personas que se presentan a una entrevista de trabajo. Ambas poseen una formación semejante y experiencia suficiente para optar al puesto. Una se siente preparada y responde con tranquilidad; la otra está convencida de que cometerá algún error y permanece especialmente pendiente de cómo la están evaluando.
La diferencia en su seguridad no demuestra, por sí sola, que la primera sea más competente.
Tampoco significa que la segunda tenga necesariamente baja autoestima. Puede estar respondiendo a experiencias anteriores, al significado que concede a conseguir ese empleo o a determinadas preocupaciones sobre su rendimiento.
Por eso, cuando experimentamos inseguridad, resulta útil distinguir entre dos preguntas: «¿Qué recursos tengo realmente para afrontar esta situación?» y «¿Qué confianza siento ahora mismo en mi capacidad para utilizarlos?».
Las respuestas pueden ser diferentes, y reconocerlo nos permite comprender mejor lo que está ocurriendo.
Cuando la inseguridad aparece precisamente donde más te importa hacerlo bien
Hay una circunstancia especialmente interesante: algunas personas experimentan sus mayores inseguridades precisamente en aquellos aspectos de su vida que consideran más importantes.
Para comprender este fenómeno podemos recurrir al modelo de las contingencias de la autoestima, desarrollado por las psicólogas Jennifer Crocker y Connie Wolfe.
Este planteamiento propone que nuestra valoración personal puede depender, en diferente medida, de determinados ámbitos a los que atribuimos especial importancia. Cuando una persona considera que su valor está estrechamente relacionado con tener éxito profesional, resultar atractiva, recibir aprobación o mantener ciertas relaciones, los acontecimientos que afectan a esas áreas pueden adquirir un significado psicológico especialmente intenso.
No se trata simplemente de que algo nos importe. Podemos valorar profundamente nuestro trabajo, nuestras relaciones o nuestros objetivos sin convertir cada resultado en una medida de nuestro valor como personas.
La dificultad aparece cuando empezamos a interpretar que necesitamos obtener determinados resultados para poder sentirnos suficientemente valiosos.
Imagina a alguien que mantiene una vida profesional satisfactoria, disfruta de sus amistades y suele tomar decisiones con autonomía. Sin embargo, considera que conseguir una relación sentimental estable es una prueba fundamental de su valor personal.
Cuando conoce a alguien que le interesa especialmente, puede empezar a experimentar una inseguridad que no aparece en otros aspectos de su vida. Analiza sus palabras, teme cometer errores y concede una importancia extraordinaria a pequeños cambios en el comportamiento de la otra persona.
No tiene por qué sentirse incapaz de relacionarse ni experimentar inseguridad con todo el mundo. Lo que sucede es que, en esa situación, puede estar interpretando que hay algo especialmente importante en juego.
El modelo de Crocker y Wolfe ayuda a comprender por qué los éxitos y fracasos no afectan del mismo modo a todas las personas. Su impacto sobre la autoestima puede depender, entre otros factores, de cuánto hayamos vinculado nuestra valoración personal con ese ámbito concreto.
También podemos encontrar esta dinámica en el terreno profesional. Una persona puede disfrutar de relaciones afectivas estables, mantener buenas amistades y sentirse cómoda con su manera de ser, pero experimentar una inseguridad considerable cuando su desempeño laboral es evaluado.
Si ha convertido el éxito profesional en una condición indispensable para sentirse valiosa, una crítica de su superior puede tener un efecto emocional mucho mayor que otras dificultades de su vida cotidiana.
Esto no significa que todas las personas que conceden importancia a su trabajo tengan una autoestima vulnerable. Tampoco implica que toda inseguridad profesional proceda de una valoración condicionada al rendimiento.
Lo relevante es comprender que aquellos aspectos de nuestra vida a los que vinculamos especialmente nuestro valor personal pueden convertirse en fuentes de satisfacción, pero también de vulnerabilidad cuando los resultados no coinciden con nuestras expectativas.
Por supuesto, no debemos concluir que toda inseguridad en un terreno importante se deba a una autoestima condicionada. También pueden intervenir la incertidumbre, la falta de experiencia, las condiciones de una relación o las consecuencias reales de una equivocación.
Una situación puede despertar una gran vulnerabilidad emocional sin que eso signifique que nos sentimos inseguros en todos los aspectos de nuestra vida.
Sentirte inseguro en una situación no significa que tengas baja autoestima
Llegados a este punto conviene recuperar una distinción fundamental: la autoestima y la seguridad que experimentamos en una actividad concreta no son exactamente lo mismo.
La autoestima hace referencia a la valoración general que tenemos de nosotros mismos. En cambio, la confianza que sentimos ante una situación determinada puede estar relacionada con nuestras capacidades percibidas, la experiencia, las expectativas y las circunstancias que nos rodean.
Una persona con una autoestima relativamente saludable puede sentirse insegura al comenzar un empleo, hablar delante de desconocidos o afrontar un conflicto familiar. Reconocer sus dudas no implica necesariamente que se considere menos valiosa.
También puede ocurrir lo contrario. Alguien puede desenvolverse con enorme seguridad en determinadas actividades porque posee experiencia y habilidades bien desarrolladas, pero mantener una valoración personal muy dependiente de los resultados que obtiene.
La seguridad visible tampoco permite conocer completamente cómo se siente una persona consigo misma.
Esto explica por qué no resulta adecuado clasificar a alguien como una persona de autoestima alta o baja simplemente porque se muestra decidido en una conversación, evita determinada actividad o necesita apoyo para afrontar una situación nueva.
Además, sentirse inseguro no es siempre una señal de que exista un problema psicológico. Hay circunstancias objetivamente difíciles, decisiones que implican riesgos y situaciones en las que todavía no disponemos de información suficiente para saber cómo actuar.
La inseguridad puede señalar que necesitamos aprender algo, reunir más información, practicar una habilidad o examinar mejor las condiciones en las que nos encontramos.
En otras ocasiones puede estar relacionada con experiencias dolorosas, expectativas de rechazo o una valoración personal especialmente vulnerable.
También es importante reconocer que una inseguridad intensa y persistente puede formar parte de dificultades psicológicas que requieren una evaluación más amplia. Cuando el miedo, la evitación o la preocupación interfieren de manera significativa en la vida cotidiana, no resulta suficiente atribuirlos sin más a una autoestima baja.
Comprender qué tipo de inseguridad estamos experimentando es más útil que intentar eliminarla sin preguntarnos de dónde procede.
¿Podemos aprovechar la seguridad que tenemos en un ámbito para desenvolvernos mejor en otro?
Si hemos aprendido a confiar en nuestras capacidades en determinadas circunstancias, es razonable preguntarnos si podemos utilizar parte de esa experiencia para afrontar situaciones en las que todavía nos sentimos inseguros.
La respuesta es que algunos aprendizajes pueden resultar útiles en diferentes contextos, aunque esa transferencia no se produce necesariamente de manera automática.
Volvamos a la mujer de nuestra historia inicial. Durante su jornada laboral organiza problemas complejos, escucha opiniones diferentes, negocia soluciones y toma decisiones que no siempre reciben la aprobación de todo el mundo.
Es posible que algunas de esas habilidades también le resulten útiles cuando necesita mantener una conversación difícil con su pareja. Sabe escuchar, puede expresar un punto de vista y tiene experiencia afrontando desacuerdos.
Sin embargo, eso no significa que la conversación sentimental vaya a resultarle igual de sencilla que una reunión profesional.
En su trabajo conoce a sus compañeros, está familiarizada con los procedimientos y dispone de experiencia para gestionar determinadas situaciones. En su relación afectiva intervienen sentimientos, expectativas y consecuencias que tienen otro significado para ella.
Las habilidades pueden ser parcialmente compartidas, pero las circunstancias en las que debe utilizarlas son diferentes.
Ahora pensemos en la persona que se siente segura en sus relaciones personales, pero experimenta inseguridad profesional. Quizá ha aprendido a expresar sus necesidades, escuchar opiniones diferentes y mantener conversaciones difíciles con quienes aprecia.
Estas habilidades pueden ayudarle a participar en reuniones o resolver desacuerdos laborales. Sin embargo, puede necesitar conocimientos técnicos específicos, más experiencia en su puesto o unas condiciones de trabajo que le permitan desenvolverse sin sentirse constantemente amenazada por las consecuencias de equivocarse.
Por tanto, trasladar la confianza de un ámbito a otro no consiste en repetirse que, si somos capaces de resolver problemas profesionales, también deberíamos poder afrontar cualquier dificultad personal, ni que una buena relación de pareja garantiza que sabremos gestionar cualquier conflicto laboral.
Una alternativa más realista es reconocer qué recursos ya tenemos y cuáles necesitamos desarrollar específicamente para la situación que nos preocupa.
Quizá sabemos expresar desacuerdos, pero necesitamos practicar cómo hacerlo cuando aparecen emociones intensas. Tal vez somos capaces de tomar decisiones con autonomía, aunque nos cuesta mantenerlas cuando alguien importante manifiesta su desaprobación.
O puede que descubramos que la dificultad no está tanto en nuestras capacidades como en las condiciones de una relación o de un entorno que nos genera inseguridad.
También conviene recordar que la seguridad no siempre aparece antes de actuar. En ocasiones necesitamos comenzar una actividad, adquirir experiencia y comprobar progresivamente cómo nos desenvolvemos para desarrollar una mayor confianza.
No todas las situaciones permiten practicar de la misma manera, y tampoco todas exigen que superemos nuestras reservas. A veces la decisión más adecuada será prepararnos mejor, solicitar apoyo o reconsiderar si realmente queremos afrontar determinada experiencia.
Y cuando la inseguridad está relacionada con comportamientos intimidantes, amenazas o situaciones de maltrato, la prioridad no consiste en aprender a soportar mejor esas condiciones, sino en reconocer lo que está ocurriendo y valorar qué apoyos y medidas de protección pueden resultar necesarios.
El objetivo no consiste en sentirnos capaces de todo, sino en comprender mejor qué necesitamos para desenvolvernos en aquello que nos importa.
Ejercicio práctico: la misma persona, dos situaciones diferentes
Hasta ahora hemos explicado por qué puedes experimentar distintos niveles de seguridad dependiendo de las circunstancias. Vamos a trasladar esas ideas a una pequeña práctica de autoobservación.
Este ejercicio no pretende evaluar tu autoestima ni establecer si eres una persona segura o insegura. Su finalidad es ayudarte a reconocer qué factores pueden estar influyendo en tu confianza.
Busca dos situaciones recientes de tu vida.
La primera debe ser una experiencia en la que te hayas sentido relativamente seguro, aunque no todo saliera perfectamente. Puede estar relacionada con tu trabajo, tus amistades, una actividad cotidiana o cualquier circunstancia en la que hayas tenido la sensación de saber cómo desenvolverte.
La segunda será una situación en la que hayas experimentado inseguridad, dudas o dificultades para actuar como deseabas.
No es necesario que elijas acontecimientos importantes. De hecho, las experiencias cotidianas suelen ser suficientes para comenzar a reconocer estas diferencias.
Paso 1. Describe lo que ocurrió
Escribe brevemente ambas situaciones e intenta identificar qué tenías que hacer en cada una.
Por ejemplo, puedes recordar una conversación en la que expresaste tu opinión con tranquilidad y otra en la que preferiste guardar silencio a pesar de que tenías algo importante que decir.
No necesitas explicar todavía por qué reaccionaste de una manera determinada. Limítate a describir las circunstancias de cada experiencia.
Paso 2. Examina qué cambió entre ambas experiencias
Ahora responde a las siguientes preguntas:
- ¿Qué conocimientos, experiencias o recursos tenías disponibles? Piensa si conocías bien la situación, habías afrontado experiencias parecidas o sabías qué podías hacer.
- ¿Qué consecuencias esperabas si las cosas no salían como deseabas? Observa si temías cometer un error, recibir una crítica, decepcionar a alguien o enfrentarte a una dificultad concreta.
- ¿Qué importancia emocional tenía para ti lo que estaba ocurriendo? Pregúntate si el resultado afectaba a algo especialmente valioso para ti o a la imagen que querías mantener ante otras personas.
- ¿Qué condiciones del entorno favorecieron o dificultaron tu seguridad? Considera cómo reaccionaban las personas implicadas, qué margen tenías para expresarte y si disponías del apoyo necesario.
Paso 3. Observa las diferencias sin convertirlas en un juicio sobre ti
Una vez que hayas respondido, compara ambas experiencias.
Quizá descubras que te resultaba más sencillo actuar cuando conocías las reglas de la situación. Tal vez la inseguridad apareció porque temías perder algo importante o porque la reacción de otra persona era difícil de anticipar.
También puede ocurrir que identifiques una diferencia relacionada con el entorno. A lo mejor te expresas con naturalidad cuando sabes que los demás escucharán tus opiniones, pero comienzas a dudar cuando anticipas críticas o reacciones desagradables.
O quizá compruebes que disponías de recursos semejantes en ambas situaciones, pero el significado emocional de cada una era muy diferente.
También puede suceder que no encuentres una explicación clara. Una experiencia aislada no siempre proporciona información suficiente para comprender por qué nos sentimos de determinada manera.
Lo importante es empezar a reconocer que la seguridad puede cambiar por motivos concretos y que esas variaciones no tienen por qué describir toda tu personalidad.
No necesitas corregir tus respuestas, convencerte de que deberías haber actuado de otra manera ni establecer conclusiones definitivas. Esta práctica es una primera observación, no una prueba psicológica.
Guarda tus anotaciones. En el siguiente día de Autoestima Consciente 365 aprenderemos a elaborar tu primer Mapa de Autoestima, una herramienta que te permitirá explorar de manera más amplia las diferentes áreas de tu relación contigo mismo.
No necesitas sentirte igual de seguro en todas partes
Volvamos por un momento a la mujer con la que comenzamos este artículo.
Durante su jornada laboral se muestra decidida, competente y capaz de afrontar situaciones complicadas. Por la noche, ante la distancia emocional de su pareja, aparecen dudas que no experimenta en su trabajo.
Es posible que algunas de sus habilidades profesionales también le permitan afrontar mejor sus relaciones personales. Quizá necesite aprender a expresar determinadas preocupaciones, comprender qué expectativas tiene sobre el vínculo o descubrir por qué concede tanta importancia a ciertas respuestas.
También puede que existan aspectos de esa relación que estén contribuyendo a su inseguridad y que merezcan ser examinados. Incluso podría suceder que determinadas experiencias afectivas anteriores estén influyendo en la manera en que interpreta la distancia de su pareja.
No podemos conocer la explicación completa únicamente a partir de esas dos escenas, pero sí sabemos algo importante: su seguridad profesional no tiene por qué ser falsa y su inseguridad sentimental tampoco define necesariamente toda su autoestima.
Lo mismo ocurre con quien se siente emocionalmente seguro en sus relaciones, pero experimenta dudas constantes en su trabajo. Esa inseguridad profesional no invalida la confianza que ha desarrollado en otros aspectos de su vida ni demuestra que sea una persona incapaz.
Somos personas con experiencias, capacidades, necesidades y vulnerabilidades diferentes. Aprendemos a desenvolvernos en determinados entornos, encontramos dificultades en otros y no siempre reaccionamos de la misma manera ante circunstancias aparentemente semejantes.
La confianza puede desarrollarse con la experiencia, pero también depende de factores que no controlamos completamente. Algunas situaciones nos resultan familiares y otras nos enfrentan a riesgos, emociones o exigencias para las que todavía no nos sentimos preparados.
Comprender estas diferencias permite abandonar una idea demasiado rígida de la seguridad personal: la creencia de que, para confiar verdaderamente en nosotros mismos, deberíamos sentirnos capaces y tranquilos en cualquier circunstancia.
Una relación más equilibrada contigo mismo no exige esa seguridad permanente. Puedes reconocer tus capacidades sin negar tus dificultades, admitir que necesitas aprender determinadas habilidades y comprender que la incertidumbre forma parte de muchas experiencias humanas.
La confianza no consiste en desenvolverte con la misma seguridad en todos los aspectos de tu vida, sino en aprender a reconocer tus recursos, comprender tus dificultades y evitar que una situación de inseguridad se convierta en una sentencia sobre todo lo que eres.
▼ Recursos Adicionales
Bibliografía Relevante:
Bandura, A. (2006). Guide for Constructing Self-Efficacy Scales. En F. Pajares y T. Urdan (eds.), Self-Efficacy Beliefs of Adolescents (vol. 5, pp. 307-337). Information Age Publishing.
Crocker, J., y Wolfe, C. T. (2001). Contingencies of self-worth. Psychological Review, 108(3), 593-623. DOI: 10.1037/0033-295X.108.3.593.
Hazan, C., y Shaver, P. (1987). Romantic love conceptualized as an attachment process. Journal of Personality and Social Psychology, 52(3), 511-524. DOI: 10.1037/0022-3514.52.3.511.
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